Los reportajes de Gonzalo Arango *

Por Juan José Hoyos

Es domingo. Son las tres de la tarde. La ciudad se ha vuelto triste, colonial. El cielo es limpio, casto, de primavera, que no conmueve. Tomo un bus. Paso por barrios obreros y barrios aristocráticos. Hay dos vidas. No era sino ver, oler el aire. Llego a mi destino. Toco a la puerta de una casa y sale a recibirme Carlos Castro Saavedra.

Este es el párrafo de entrada de un reportaje que publicó el Magazine Dominical de El Espectador el 20 de diciembre de 1953: una colaboración espontánea enviada desde Medellín por un periodista joven y desconocido. Su nombre era Gonzalo Arango. Hacía poco tiempo trabajaba como traductor de cables en la oficina de la Agencia France Press, en Medellín.

El reportaje terminaba con varias frases escritas en un tono lírico, muy poco común en los periodistas de la época: «La noche estival cae sobre la ciudad tranquila. A una distancia casi infinita, los relámpagos de una tormenta lejana iluminan la noche y la tiñen de sangre […]. Y la noche sigue cayendo estrelladamente…».

Con este reportaje singular inició su carrera de reportero un joven estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia que colaboraba con el periodista Alberto Aguirre en la agencia de noticias France Press. Allí se recibía, desde la sede central de la agencia en París, el material noticioso, por vía telegráfica, redactado en francés. Los periodistas tenían que traducirlo, titularlo y mandarlo a los periódicos abonados al servicio de la agencia. Aguirre llamó al poeta a formar parte de la redacción nocturna. «Fue una audacia porque él no sabía escribir a máquina, no sabía francés y en ese entonces no tenía idea de periodismo. Fue por ayudarle», dice Aguirre.

El muchacho había nacido en Andes, una población cafetera del suroeste de Antioquia, en 1931, en el seno de una familia paisa muy tradicional, formada por don Francisco Arango, un telegrafista, y doña Magdalena Arias, una matrona que había gastado su vida en criar a sus hijos y en embellecer las calles y los parques de su pueblo con árboles y flores.

Gonzalo Arango era el hijo número trece en una familia de quince hermanos. Todos ellos habían venido a vivir a Medellín a fines de la década de 1940, cuando Gonzalo acababa de cursar el cuarto grado de bachillerato en el Liceo Juan de Dios Uribe. El motivo del viaje: su padre quería que sus hijos fueran doctores.

Arango terminó sus estudios en el Liceo Antioqueño, en el mismo grupo del maestro Fernando Botero. Su amistad con el pintor le permitió agregar a su colección de reportajes una segunda pieza que publicó el suplemento dominical de El Colombiano en 1955.

Esta vez la entrada era más tradicional: «Yo no soy literato sino pintor —dijo Fernando Botero cuando íbamos por una calle de Bogotá en dirección a su estudio donde preparaba los cuadros para la exposición que en el mes de mayo abrirá en la Biblioteca Nacional […]».

Sin embargo, el segundo párrafo insistía en la apelación a la voz personal del narrador para describir el ambiente: «El cielo frío parecía derrumbarse sobre la ciudad indefensa que se tornaría muy pronto sola y triste por la lluvia…».

Cuando escribió este reportaje, Arango ya había abandonado la Facultad de Derecho. Apenas cursaba el segundo año y había decidido recluirse en una pequeña finca que su familia poseía en el barrio El Corazón, una zona campestre situada en las afueras de Medellín. Allí se puso a cultivar tomates y a escribir su primera novela. Se llamaba Después del hombre. «Él me la mostró», cuenta su primo Federico Ospina. ¿De qué se trataba? «De nada. En esa época él estaba aplastado de filosofía. La filosofía no es para hacer novelas».

«No fue cierto que la quemó», sostiene Alberto Aguirre. «Yo la conservo». Lo que pasó, según él, es que Gonzalo Arango «se volvió un promotor de su propia imagen y empezó a decir mentiras» hasta abandonarse a lo que el maestro Fernando González llamaba, un poco disgustado con los excesos de algunos nadaístas, «la hoja del infierno de la publicidad». Fue publicada por Hombre Nuevo Editores, en Medellín, en 2002.

Sin embargo, Arango continuó colaborando de forma esporádica con el suplemento dominical de El Colombiano. Luego se vinculó a la Universidad de Antioquia como secretario de redacción de la revista de dicha universidad y como funcionario de la Biblioteca Central.

Durante los últimos años de la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, Arango decidió, por primera vez, militar activamente en la política e hizo parte, en Antioquia, de los cuadros directivos del movimiento creado por el general para apoyar la prolongación de su gobierno y reformar la Constitución.

Después de la caída de Rojas, en 1957, Arango se trasladó a vivir a La Pintada, y de allí partió para Cali, donde trabajó varios meses en una agencia de publicidad.

Cuando regresó a Medellín, en 1958, ya había redactado el Manifiesto Nadaísta, que lo hizo famoso y que dio comienzo a la aventura más importante de su vida. En su ciudad, a la que odiaba y amaba al mismo tiempo, lanzó al país el manifiesto y junto con los primeros seguidores del movimiento nadaísta se dedicó a realizar actos de provocación contra los fieles católicos. Un día, a Darío Lemos se le cayó la hostia y alguien lo vio y empezó a gritar, en medio de la misa: «¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio!». Y los curas de la Catedral también gritaron y ellos corrieron y la gente salió a perseguirlos. Los salvaron las piernas. Pero después los excomulgaron.

Por esa misma época, Arango también armó uno de los primeros escándalos públicos del nadaísmo al quemar varios libros en algunas plazas —uno de ellos, Don Quijote de la Mancha— y al atacar con cápsulas nauseabundas a los miembros de un congreso de intelectuales católicos que se hallaban reunidos en las instalaciones venerables del Paraninfo de la Universidad de Antioquia.

Por ese episodio fue a parar a la antigua cárcel de La Ladera. Alberto Aguirre, su amigo y su abogado, fue llamado a defenderlo y logró su libertad a los pocos días.

Pasado el susto del carcelazo, Gonzalo Arango escribió un diario relatando su experiencia. Luego, viajó a Cali a continuar divulgando su Manifiesto Nadaísta. Él mismo lo recuerda en un reportaje con su amigo J. Mario:

Uno de los momentos estelares de la literatura colombiana de este siglo es, sin duda, el encuentro de J. Mario y yo, en La Tertulia de Cali. Allá fui en 1960 a dictar tres conferencias y a organizar el desorden de mi generación. Aquella noche La Tertulia era un infierno de calor y un cielo de libertad. El público desbordaba y deliraba frenético…

Entre 1960 y 1965, Arango recorrió distintas ciudades del país dictando conferencias, leyendo poemas y promoviendo el movimiento nadaísta.

Fue realmente en esta época cuando retomó su carrera de periodista, iniciada en El Colombiano y El Espectador con entrevistas y perfiles esporádicos, y continuada en los periódicos oficiales del gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla. Entonces, empezó a colaborar como columnista en los periódicos El Heraldo, de Barranquilla, y El País, de Cali, y en la revista La Nueva Prensa, de Bogotá. También fue colaborador de revistas nadaístas y de vanguardia como Esquirla, La Viga en el Ojo, El Ojo Pop y el suplemento de El Expreso. El semanario Contrapunto, que dirigía Jaime Soto, y que después se convirtió en un programa radial de mucho éxito, publicó por entregas sus Memorias de un presidiario nadaísta, basadas en la historia de su carcelazo.

«Los periódicos se compraban para leer a Gonzalo Arango, y Gonzalo Arango muchas veces no tenía para comprar los periódicos donde escribía», dice J. Mario Arbeláez.

En 1965, después de haber publicado varios cuentos y poemas en los suplementos literarios de los periódicos de Bogotá y en incontables revistas nadaístas, Camilo Restrepo le ofreció trabajo en la revista Cromos. En esa época, la antigua revista fundada por Miguel Santiago Valencia y Abelardo Arboleda en 1916 se había convertido en un magazine popular que se leía casi siempre en las peluquerías y, en noviembre, en los hogares, para seguir de cerca los avatares de los reinados nacionales de belleza que se celebraban en Cartagena.

Las primeras crónicas y los primeros reportajes del poeta le sirvieron a él para acrecentar su fama de periodista y escritor, y ganarse unos pesos; y a la revista para aumentar sus lectores en forma vertiginosa y elevar su calidad periodística.

Los primeros trabajos de Arango se destacaron por las mismas cualidades que tenían sus reportajes de los años cincuenta publicados en el Magazine Dominical de El Espectador y en el suplemento dominical de El Colombiano: su estilo libre y desenfadado, a veces un poco desbordado y su voz personal.

«Si Cali no fuera Cali, sería el cielo, o una mujer. Entonces se llamaría Fanny, Sixta, Marta o Maritza. Que Dios me perdone, pero no puedo separar nada de lo que amo de un rostro de mujer». Este era el párrafo inicial de su crónica sobre el Festival de Arte, primer trabajo publicado en Cromos como redactor de planta de la revista.

El trabajo de periodista llevó muy pronto a Gonzalo Arango a muchos rincones olvidados de Colombia, como el Chocó, las costas del mar Caribe y las islas de San Andrés y Providencia. En estos lugares, Arango escribió algunas de sus mejores páginas de reportero sin abandonar su voz personal, que muy pronto lo hizo famoso entre los lectores de la revista.

El estilo de Arango se adivinaba desde el primer párrafo, porque ningún otro periodista de Cromos escribía así:

Fui al Chocó y me quedé como buscando dioses. Para un psicópata que no cree en el psicoanálisis, el Chocó es la tierra prometida. Luego de aterrizar en un potrero y pasar una noche de tormentas en la selva, llegué a Quibdó, capital de este paraíso tropical. Desde mi cuarto, de día, veo un sol áspero mojado de lluvia. De noche, un jardín de estrellas, cantos salvajes, y el Atrato, río para soñar. Allá lejos donde se pierde la mirada y empieza la otra orilla, el infinito es verde: ¡su majestad la selva!

Según J. Mario, uno de sus amigos más cercanos, por esta época, cuando Arango no andaba trasnochando, emborrachándose o escribiendo, se lo veía siempre pensativo, con un cigarrillo entre los dedos, bebiendo, uno tras otro, incontables pocillos de café.

En abril de 1966, Arango inició en Cromos una serie de «reportajes en onda corta» con poetas, pintores y otras figuras del movimiento nadaísta. A estas se fueron sumando poco a poco personajes de la política, el periodismo y la cultura del país. El primero de la serie fue el propio Gonzalo Arango.

En los párrafos de entrada del reportaje, él mismo, narrando en tercera persona, se definió de este modo:

Antes de ser personaje era un joven cualquiera. Alguna vez se le ocurrió nacer en Andes, un pueblo de Antioquia, lo que para él constituye el recuerdo más feliz de su vida. Nadie tenía noticia de su existencia hasta que un día se le ocurrió la segunda idea genial, después de nacer, y fundó el nadaísmo. A partir de entonces se volvió un personaje nacional del que no se puede prescindir para la admiración o el odio.

Durante los años que trabajó en Cromos, Arango mantuvo siempre el mismo perfil: tanto cuando entrevistaba personajes como cuando narraba sus experiencias de reportero en una ciudad, en una playa o en una isla, su estilo de hacer periodismo se basaba en la insolencia y en el uso de un lenguaje callejero, iconoclasta, inteligente hasta la médula, a veces lírico, pero siempre muy personal.

Esta forma de narrar la había conseguido gracias a su larga formación literaria y a su oficio de escritor bohemio e insomne que, tanto al contar sus historias como al escribir sus cartas, prefería seguir nada más que los dictados del corazón. Sus reportajes y sus crónicas publicadas en Cromos lo convirtieron muy pronto, durante toda una época, en el mejor periodista colombiano de su generación.

Su reportaje al poeta Jaime Jaramillo Escobar dice mucho de su forma de trabajo:

La primera vez que le propuse este reportaje me dijo entre indiferente y despectivo que no le interesaba. Yo sabía que era cierto su desinterés, pero insistí. La segunda vez apelé a la vieja y gloriosa amistad que nos une (tan vieja que ya casi vamos a cumplir las bodas de plata), y le dije que este reportaje era algo así como un homenaje de despedida. Me confesó que no le interesaban los homenajes, que para despedirnos bastaba con un tinto, o simplemente decirnos adiós. Estuve a punto de ser vencido por las razones de su nobleza, pero insistí por última vez. Entonces hice chantaje y le dije toda la verdad: «Poeta, es necesario hacer este maldito reportaje porque no tengo con qué pagar el arriendo». Puso cara de entierro y dijo de mala gana: «Bueno, esa sí es una razón de peso. Ya que no hay más remedio, hagamos tu maldito reportaje, pero te advierto que yo no sé hacer frases inteligentes como tú».

En sus andares como periodista, Gonzalo Arango entrevistó escritores, pintores, deportistas, músicos, políticos, monjas, periodistas, gobernadores, filósofos y hasta reinas de belleza.

Al mismo tiempo, mantuvo durante varios años una columna en la que reseñaba libros y exposiciones y comentaba la situación política del país. La columna se publicaba al final de cada edición de Cromos con el título de «Última página». En ese mismo espacio, Arango también publicó algunos perfiles magistrales sobre personajes colombianos, entre ellos algunos bandoleros célebres de los años cincuenta, como «Desquite» y «Sangre Negra».

En «Última página» aparecieron algunos de los mejores artículos que Gonzalo Arango escribió para Cromos, como el «Diario de un nadaísta», «Oración para Camilo Torres», «Elogio de los celos», «Un día de gloria» y «Carta a Teresa Alegría».

Mientras trabajaba como periodista, en Bogotá, Gonzalo Arango vivía en una pieza alquilada de la que nunca dio la dirección y a la que llamaba con el nombre misterioso de El Monasterio. «El poeta era muy receloso de su vida íntima», recuerda J. Mario. «Cuando alguien le preguntaba por su teléfono, daba un número del Cementerio Central. Allá lo llamaba mucha gente». Los empleados del cementerio llegaron a tal punto de ofuscación con las llamadas que cuando la gente preguntaba por teléfono por su paradero, ellos contestaban: «Él no está ahora, pero si lo ven, díganle que aquí lo estamos esperando…».

En 1967, Arango viajó a San Andrés con el propósito de escribir algunos reportajes, se enamoró de la isla y se perdió durante varias semanas. Camilo Restrepo, su jefe de redacción, escribió varias notas en la revista preguntando públicamente por su paradero y luego acudió a sus amigos para encontrarlo. La respuesta de Arango fue una serie de crónicas y reportajes sobre San Andrés, la isla de Providencia y sus personajes.

Un año después, Arango se embarcó en el Gloria, un buque escuela de la Armada Nacional, y llamó «poeta de la acción» al presidente Carlos Lleras Restrepo durante una ceremonia oficial en la que se inauguró la travesía del velero. Estas loas al presidente desataron la furia de sus seguidores, quienes lo criticaron duramente. Durante su travesía por el mar Caribe escribió una serie de reportajes con el título de «Gonzalo, el Simbad». Algunos de ellos, en vez de reportajes, parecían más bien un diario íntimo:

Son las siete de la mañana. El cielo luce azul, sin una nube. El sol es tibio, limpio. El mar refleja su luz, el azul, la paz inmensa del cielo. Mi corazón late feliz, en bodas con la belleza del mundo. No me rodean el mar y el cielo; es un milagro el que me rodea; el misterio visible pero incomprensible de Dios. No importa, lo bendigo.

Durante los viajes también conoció algunas muchachas que se convirtieron en sus novias. La más perdurable fue una estadounidense de treinta años, llamada Rosemary Smith, nacida en Nueva York, con cuatro hijos, actriz ocasional, ceramista, profesora de inglés y amiga del maestro Fernando González. Gonzalo la conoció en Medellín a mediados de la década de 1960. «Posie» compuso letras de canciones de la onda rockera y publicó poemas con el nombre de Rosa Girasol.

Después, durante un nuevo viaje a la isla de Providencia, Gonzalo conoció a una muchacha inglesa a la que él llamaba Angelita, una artista de origen inglés que vivía en la pequeña isla. Entonces, sufrió una metamorfosis espiritual que lo hizo abandonar no solo el movimiento nadaísta sino también el periodismo.

«Él era un místico desde que estaba joven», dice J. Mario. «Con Angelita se entregó al hippismo y a los alucinógenos. Consumía ácido lisérgico. Y volvió al misticismo. Para esa época ya se culpaba de haber mandado a su generación por un atajo sin salida. Canceló el nadaísmo. Nosotros no lo dejamos acabar».

Según J. Mario, Angelita cambió por completo la vida de Arango. Ella lo convenció de que había vivido bajo la influencia de Satanás y entre los dos quemaron toda su obra inédita. Eso ocurrió en 1971. Ahí se perdieron Punta de cielo, una novela, y un montón de poemas y diarios inéditos.

Los últimos reportajes de Gonzalo Arango aparecieron en forma esporádica en la revista Nadaísmo 70 y en el diario El Tiempo. El más importante de ellos es «Planas: crimen sin castigo», una denuncia de una masacre de indígenas cometida por colonos en un poblado del departamento del Meta, en los llanos orientales.

En 1971, Arango regresó a Bogotá. Allí vivió durante varios años dedicado a la meditación y a la poesía.

En septiembre de 1976, a los cuarenta y cinco años, murió en un accidente de tránsito, en Gachancipá, después de haber vendido y regalado casi todas sus cosas con la idea de viajar a Londres en compañía de Angelita.

Los reportajes de Gonzalo Arango marcaron una época en el periodismo colombiano del decenio del sesenta. Su estilo insolente, lírico, mordaz, y los temas de los que se ocupó durante sus años de reportero, convirtieron a su autor en una leyenda viva en una época convulsa. Leídos sesenta años después de su publicación original, esos retratos hablados del país y de sus gentes conmueven por su verdad, su entereza, hacen reír, llorar y maldecir. De paso, nos recuerdan un momento de nuestra historia en el que Colombia dejó de ser un país rural y pasó a ser un país urbano, con melenudos go-go, poetas nadaístas y guerrilleros al estilo del Che Guevara.

Por sus páginas desfilan personajes de todas las calañas: reinas de belleza, músicos de rock, ciclistas, poetas melenudos y encorbatados, atletas, escritores, pintores, políticos, periodistas, filósofos, gobernadores y monjas.

Detrás de ellos, o más bien en medio, también desfila nuestro país: el Chocó olvidado, la costa del Pacífico, las playas de Cartagena, Planas, San Andrés y las nuevas ciudades.

Los reportajes de Gonzalo Arango son el testimonio de una época y de un estilo de hacer periodismo que los colombianos de este final de siglo jamás podremos olvidar. La mayor parte de ellos, lo mismo que sus crónicas, sus reportajes, sus artículos, sus poemas y parte de su correspondencia están reunidos en Sexo y saxofón, Trece poetas nadaístas, El oso y el colibrí, De la nada al nadaísmo, Providencia, Obra negra, Fuego en el altar, Los ratones van al infierno, Correspondencia violada y Memorias de un presidiario nadaísta. La Editorial Universidad de Antioquia publicó una recopilación de sus reportajes y de sus crónicas en los libros Reportajes y Última página. Hombre Nuevo Editores también publicó en forma póstuma su primera novela Después del hombre.

Esta nueva edición de sus reportajes recoge la mayoría de los que publicó en la revista Cromos, en su mejor época, y otros que publicó ocasionalmente en El Colombiano y en la revista Nadaísmo 70.

Tuvieron que pasar varios años para que apareciera en los periódicos y las revistas colombianas alguien con un estilo narrativo parecido al de Gonzalo Arango. En una época en la que el reportaje alcanzó su grado más alto de desarrollo, conquistó nuevos territorios editoriales y en forma paradójica empezó a desaparecer de las páginas de los periódicos, mientras que Germán Pinzón, Alegre Levy, Juan Gossaín y Germán Castro Caycedo empezaron a publicar sus primeras crónicas y reportajes.

Dicen que cada cual tiene la cara que se merece. La de Gonzalo Arango no fue una: fueron dos, tres caras, tan contradictorias, tan escandalosas, tan atormentadas como su vida. La de sus primeros reportajes es la de un muchacho de pelo corto, ojos tristes y mirada dulce, de corbata y saco oscuros, con aire de seminarista recién salido del convento. La segunda, la de sus reportajes en Cromos, es la de un hippie de los años sesenta, con el pelo hasta los hombros, vestido con una gabardina. La tercera, la de sus últimos días, es la de un hombre maduro de ojos tristes, hundidos y vidriosos a causa de los trasnochos y el consumo de marihuana y ácido lisérgico. Diez años más tarde, ya cerca de su muerte, su cara es la de un profeta vestido de blanco, de aspecto apacible y con un halo místico: un rastafari melancólico, drogado con ácido; un Charles Manson rehabilitado y arrepentido del asesinato de Sharon Tate; parece un santo.

Pero el hombre de todas esas caras es siempre el mismo poeta y periodista atormentado para el que cada reportaje, cada crónica, cada poema, cada libro, es siempre un testimonio irreversible. Lo dijo con sus propias palabras en sus Prosas para leer en la silla eléctrica:

Este libro es mi vida, mi muerte y mi lucha contra el destino… Lo escribí acosado por la muerte, por una terrible necesidad de vivir, de apasionarme para no perecer en el desierto de mi época. Pues aunque se dice que el agua apaga el fuego, yo digo que mi pasión no es el agua sino la sed.

Así, con sed, escribió Gonzalo Arango sus reportajes y sus crónicas, que con el paso del tiempo se han revelado, junto con sus cartas, como lo mejor de su prosa. Por eso hoy ellos están vivos, como este libro… ¡Desde la primera hasta la última hoja!

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* Este epílogo es una nueva versión resumida de varios artículos del autor escritos para su obra La pasión de contar: historia del periodismo narrativo en Colombia y para las primeras ediciones de Reportajes y Última página de Gonzalo Arango, compilados y publicados bajo su cuidado por la Colección de Periodismo de la Editorial Universidad de Antioquia. También, del fragmento de una semblanza de Gonzalo Arango publicada originalmente por el autor en la revista La Hoja de Medellín.

Fuente:

Hoyos Naranjo, Juan José. «Epílogo». En: Reportajes, tomo I. Editorial Eafit / Corporación Otraparte, Medellín, 2021, pp. 337-350.

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