Nadaísmo y café

Por Jotamario Arbeláez

Muchos de ustedes recordarán lo que fue el nadaísmo, fundado por Gonzaloarango en 1958, «el segundo movimiento más importante en la historia de Colombia después de “la Violencia”, con 300 mil muertos afiliados», según dijimos. Tuvo dos sedes principales, Medellín y Cali. Yo soy de Cali. Luego de esa singular coincidencia, las dos ciudades tuvieron similares destinos de bonanza trágica. Los jóvenes nadaístas de la época comenzamos fumando inocentemente un «cachito» para encender los motores de la inspiración, después de los tragos de café mañaneros para buscar los fósforos, y tres quinquenios más tarde esas ciudades eran el imperio de la droga de exportación, y sus siniestros promotores más ultramillonarios que el Sha. Cha-cha-chá. Qué Dios nos perdone. Las dos ciudades, cuya rivalidad ancestral consistía en ver cuál llegaba primero al millón de habitantes, fueron superando sus épocas de desasosiego, pero el nadaísmo persiste. Ese movimiento de menores de edad, de clase media baja y de provincias, que se propuso poner el mundo a la vez patas arriba y manos arriba, y no para «chalequearlo», sino para acariciarlo. Porque lo único que necesita este puto mundo es amor. Sin embargo, desde nuestra aparición bajo el azul del cielo y de la bandera de Colombia fuimos considerados lo peorcito, «la caca que no tapó el gato».

Era escandalosa nuestra juventud, nuestra pelamenta, nuestras pintas marcianas, el bochinche que formábamos por donde íbamos pasando, y lo que escribíamos en los cafés que eran nuestras trincheras porque allí tomábamos tinto y trinchábamos, no se parecía a nada de lo que se había escrito antes. No pudieron borrarnos ni desaparecernos a pesar de las detenciones arbitrarias. Al profeta Gonzalo lo embutieron en La Ladera por haber saboteado un congreso de escritores católicos con un manifiesto infernoso y unas cápsulas de asafétida y cloroformo. Escribió unas memorias con su experiencia que muchos años después le publicaron y promovieron los mismos que lo encanaron y se cebaron en su infortunio. Y muchos años más tarde un alcalde visionario y valiente convirtió la tenebrosa prisión en parque biblioteca en homenaje de desagravio al profeta Gonzaloarango por el cruel e inmerecido «canazo». Y fuimos invitados de honor todos los nadaístas a celebrarlo.

Persistimos porque tomamos buen café, a veces endulzado con aguardiente, y fumamos buena «maracachafa». Al profeta le interrogaron los reporteros acerca de esa inusitada costumbre de su generación que implicaba un mal ejemplo para la juventud, que no tardó en seguirlo, y él respondió que él no la fumaba, que a él la inspiración le llegaba a través de las musas y el Nescafé. Pues ello bastó para que al otro día le llegaran de parte de Cicolac cajas del producto y la promesa de que estaría abastecido gratuitamente toda la vida. Los demás, que no éramos muy exigentes, nos aventurábamos por las marcas que fuéramos encontrando, y así pasábamos del Café Sello Rojo al Águila Roja y más tarde al Oma, Juan Valdez y Amor Perfecto, hasta ahora, valga el anuncio, que me hallo embebido en el café La Elba, por cortesía, no sé por cuánto tiempo, de Darío Fernando Patiño.

El café ha sido y sigue siendo el gran aliado en la cocina literaria, artística y filosófica. Primero porque mantiene el intelecto alerta y despierto; segundo porque estimula las visiones de la realidad encantada que escapan al ojo aletargado; y tercero porque irradia en el cuerpo un sabor y un calor que apenas puede comparase con los que genera el amor. Tomar un café a medianoche con una pluma o un pincel en la mano es como tomar una nave para viajar por los territorios insondables de la otra realidad que proyecta la imaginación. Así como muchas veces invitar a tomar un café puede ser el comienzo de un romance o de un negocio con final feliz.

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Quién iba a pensar que el nadaísmo fuera a durar más que la tela de los hilos perfectos, que iba a ser tan eterno como la primavera de Medellín. Nuestro instrumento de combate contra las instituciones, el Estado, la academia, la religión, la familia, el trabajo —lo que era considerado anatema—, no fue la metralleta sino la poesía de repetición. La disparamos entre todos y a pesar de que la mayoría ha ido abandonando su errancia por este mundo y se han trasteado a tomar café con los ángeles, aún tenemos abundancia de proyectiles. Y dónde tomábamos ese café, pues en el Metropol, donde practicábamos a Pitágoras jugando billar y a Capablanca jugando ajedrez. O en el Ástor, donde entrábamos los hombres con nuestras melenas y camisas rojas desafiando que nos gritaran maricas, mientras las nadaístas ingresaban vestidas de existencialistas francesas en bares como Los Angelitos, donde las únicas mujeres que tenían asiento eran las meseras. O en Versalles, que se volvió nuestro cuartel general y es ahora nuestro museo por cortesía de su dueño, el inolvidable Leonardo Nieto. Y qué parrandas nos pegábamos después del café que nos mantenía más despiertos que las socorridas bencedrinas. Hacíamos las fiestas nadaístas donde nos caían señoronas burguesas irredentas en un sitio que por entonces se llamaba El Pedregal, a iniciarse en los pecados capitales que se nos iban ocurriendo. Pero también nos perseguían muchachos del Opus Dei que nos gritaban en cada esquina nadaístas hachepés y trataban de golpearnos con cadenas de bicicletas, pero nos defendían las mujeres como Dina Merlini a botellazo limpio.

Se preguntarán a son de qué se invita a un poeta nadaísta, y peor aún de Cali, a perorar en este convite cafetero. Pues porque el nadaísmo ha estado metido en todo lo que haya tenido que ver con la suerte de Colombia, en sus gracias y sus desgracias. En mi caso particular, para empezar, cuando en 1980 gané el premio nacional de poesía de la editorial la Oveja Negra, de García Márquez, me llamaron de la publicidad para pagarme cada mes lo que había merecido por la poesía de toda la vida. Y el primer cliente que me correspondió en Propaganda Sancho fue la Federación de Cafeteros. Y calentarle la lengua colándole las erratas al profesor Yarumo. De modo que me tocó promover la tomadera nacional de tinto para hacernos amigos, a ver si acabábamos con la roya de la violencia. Y para que no jodan que la acabamos, cuando un nadaísta, Humberto de la Calle, logró concretar la paz con la guerrilla que por medio siglo nos tenía desangrados. Y ojalá sigamos tomando tinto para evitar que la paz devuelva la garrotera.

Y otro detalle mágico es que un nadaísta de Cali durante los iniciales años 60, pintor y estampador y aficionado al teatro de Enrique Buenaventura, como su novia nadaísta de entonces Nelly Delgado, fue durante 37 años, con su pinta bigotuda, su sombrero, poncho y carriel, más la compañía de su mula Conchita, la imagen deslumbrante del café colombiano en todos los tablados del mundo. Carlos Sánchez como Juan Valdez. Este personaje natural de Fredonia y el personaje encarnado que son el mismo, fue el ícono publicitario mundial más importante en Estados Unidos, según fue consagrado en el año 2005 durante la Semana de la Publicidad. Al año siguiente dejaría el personaje y sería reemplazado por un tocayo del autor de Las enseñanzas de Don Juan, un libro de alta magia entre los indios yaquis de Norteamérica. Nuestro Carlos Castañeda sería, además, oriundo de Andes, Antioquia, «ese pueblo que se hará famoso por mi nacimiento hace 30 años y muchos días», como escribiera en sus memorias Gonzalo Arango. Carlos Sánchez murió en Medellín a finales de diciembre pasado. Con estas evocaciones le rendimos homenaje, a la vez, sus representados caficultores y tomadores de tinto, y sus compañeros nadaístas tomadores de carajillo. ¡Y qué vivan el café y la poesía, carajo!

Fuente:

Arbeláez, Jotamario. «Nadaísmo y café». El País, Cali, columna de opinión «Intermedio», publicada en dos entregas el 27 de mayo y el 3 de junio de 2019. Palabras pronunciadas en Medellín en el evento «Carulla es café» el 25 de mayo de 2019.

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