Los milagros del profeta

Por Jotamario Arbeláez

La semana pasada cumplió el profeta Gonzalo Arango sus primeros 26 años en la eternidad y los Estados Unidos pidieron en extradición a Carlos Castaño, quien está dispuesto a entregarse. ¿Qué tienen que ver estos dos hechos? Bastante, como paso a contarlo, remitiéndome a sucesos del año pasado.

En cumplimiento de una de las obras de misericordia, asistí a La Picota a visitar al cautivo Carlos Alonso Lucio, hijo de Alonso Lucio, compañero de bachillerato en el Santa Librada College, ex guerrillero mimado del comandante “Papito” en el M-19, senador de la república despojado de su investidura y, en fin, ninguna perita en dulce, tanto, que no lo quieren ver en este periódico.

Me saludó desde la ventana con una sonrisa de reja a reja. Después de los abrazos rituales y de recorrer la casa fiscal, para hablarle del mundo de afuera le conté del frondoso homenaje que hizo el Club El Nogal a los nadaístas, donde se confundieron en los mismos vasos babélicos las lenguas de la aristocracia y la perramenta, como solíase denominarnos.

Al tercer tinto, me contó emocionado el recluso converso:

“Como pasa con muchos, yo no conocía a Gonzalo Arango. Sabía que era un provocador y un humorista, a juzgar por los versos de ustedes, sus seguidores. Pero ¿sabes dónde vine a aprender quién era? En el monte, con los elenos. Cuando estuve entre ellos, en sus campamentos, las noches eran eternas. Gabino comenzaba a bostezar a las ocho y a las nueve estaba roncando. Yo me quedaba conversando con Antonio García de proyectos políticos relacionados con la guerra y con la paz. Y una noche él me dijo: ‘¿Sabes cuál es el personaje con el discurso revolucionario más sólido y coherente en Colombia? ¡Gonzalo Arango!’.

Me sorprendí, poeta, me sorprendí. Le dije que me lo probara. Mandó al bibliotecario por los libros del hombre. Trajo Prosas para leer en la silla eléctrica y Todo es mío en el sentido en que nada me pertenece. Y empezamos a desmontarlos. Durante muchas noches estudiamos detenidamente páginas de cada libro, distantes 13 años, desde su anarquismo impío hasta su misticismo latigante. Y en todas se veía al implacable cuestionador del orden establecido, con las cartas de la reconciliación en la mano. Carajo, Dios me daba semejante regalo mientras yo andaba fugitivo.

Una paz inmensa me poseyó y decidí convertirme en un portavoz de la misma. Al despedirme de Antonio García le pedí que me regalara los libros. Me dijo que no podía porque eran textos de formación para los muchachos. Pero que, en fin, me llevara uno, el del período místico, Todo es mío... Lo guardé en la mochila y emprendí mi camino en busca de los paramilitares, a plantearles una posibilidad política de paz, consistente en que las Auc suspendieran las matanzas a cambio de que la guerrilla suspendiera los secuestros. La respuesta fue que me secuestraron por considerarme, en vez de un mensajero de paz, un comandante del Eln. Me hicieron juicio de inmediato y me condenaron a ser fusilado. Pedí una entrevista con Castaño, que me concedió. Comenzó a las nueve de la noche y me hice mi autodefensa. A medianoche le mostré el libro de Gonzalo, de quien le hablé. Lo hojeó con cuidado. Le dije que ese personaje que había comenzado asustando a la sociedad con su máscara de Anticristo era en realidad un enviado del estado mayor del cielo. Que nada extraño tendría que terminara haciendo milagros. A las cuatro de la mañana ya todo estaba dicho. Para despedirme le dejé como recuerdo el libro. Al fin y al cabo, a partir de ese día ya no lo iba a necesitar.

A las 9 llegaron por mí. Me quitaron las cadenas. Y cuando pensé que debía marchar a enfrentarme con el pelotón de fusilamiento, el guardia me dijo: ‘¡Está libre!’”.

Hasta aquí el testimonio de Lucio, quien no me dejará mentir —ahora que es cristiano practicante en virtud del amor por Vivianne Morales—, ya que él tampoco tendría por qué hacerlo. Regresé a casa y me dispuse a escribir esta historia. A punto de terminarla, levanté los ojos de la mesa de trabajo al televisor y vi la imagen de Carlos Alonso, ahí sí sonriendo de oreja a oreja, mientras el locutor anunciaba que la Fiscalía acababa de concederle su libertad.

Hoy pienso que si Castaño se va a entregar, lo primero que debe empacar en su mochila es el libro de nuestro profeta, para que lo comente y se lo ofrezca como regalo al fiscal John Ashcroft. Un milagro más y nuestro profeta de la nueva oscuridad irá a acompañar al padre Marianito en el ardoroso camino hacia la beatificación. Bendito sea el Santo Nombre de Dios, como decía Amílcar Osorio, el otro fundador del nadaísmo, que permaneció ateo hasta que se lo llevó el diablo.

Fuente:

Periódico El Tiempo, columna de opinión, octubre 2 de 2002.

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