Retorno a Cristo

Yo no tengo banderas ni causas que defender, porque ya fueron arriadas y barridas las fortalezas del poder egoísta.

Yo fui vencido y en la derrota liberado.

La humildad es el Reino.

El Reino de Dios está fundado sobre la humildad.

La verdad que se erige poder es falsa.

La verdad que se defiende por las armas es mentira.

La mentira tiene que pisotear la verdad porque es débil.

Pero la verdad no tiene que pisotear sobre nada, porque Es, y no necesita ser justificada.

La verdad no puede ser relativa: es o no es.

La Iglesia ha amurallado la verdad para erigirse poder religioso.

Pero lo que enseñó Jesús fue a liberar a los hombres, no a constituirse en sacramentos rentables y en alcahuetería sacra con los crapulosos césares.

Liberar al hombre era la misión sagrada, no degradarlo en la sumisión y la remuneración esclava.

Redención es morir en la carne para renacer en espíritu.

Quien no muere para la carne, no puede resucitar. La Iglesia no puede redimir si ella misma no está redimida, sino sentada sobre el muelle pecado paradisíaco de la soberbia, apegada a los placeres eclesiásticos de la glorificación del crucificado, fructífero en dividendos de la bolsa de César, que fue la que remuneró la traición de Judas contra el Redentor.

La Iglesia de Cristo tiene que ser poderosa en humildad, rica en amor, incorruptible en justicia, ejemplar en la verdad de lo que predica.

Iglesia de boato y burocracia teocrática, no es de Cristo.

Jesús no podía revestirse de púrpuras para salvar a los míseros pecadores y bendecir a los leprosos inmundos.

Jesús era salvador, no cómplice de poderes celestinos.

Pero los poderosos, en contubernio carnal con los sacerdotes, lo crucificaron para defender su poder filisteo.

Los opresores no pueden tolerar a los hombres libres, como la mentira no puede amar la verdad.

Los opresores quieren que todos vivan bajo la ley de opresión, que es su ley.

La Iglesia está sifilítica de César, anémica de Jesús.

El poder la corrompe entre un cortejo de vanidades místicas y símbolos sacros.

Jesús envió a sus discípulos a sembrar su mensaje de justicia y amor, no a compartir los manjares de la concupiscencia con los poderosos.

Una Iglesia que defiende más la casta que la verdad, es mensajera de Roma, no de Dios.

La capital del Reino no está en ningún lugar, sino en las almas.

El Reino se conquista adentro, no en congresos ni coliseos con procesiones idolátricas. Eso es santificar el yeso y el oropel; olvidar las almas para consolar las llagas.

Esa no es misión de redención: es enyesar la fe en idolatrías.

El alma del hombre está enyesada por los ritos y los consuelos de la religión.

La religión ayuda a morir, pero no a vivir, porque ella misma está viviendo de lo perecedero, del suntuoso poder corruptible.

La Iglesia de Cristo no es la de los sepulcros blanqueados que viven de las migajas de la Ultima Cena, en vez de vivir del luminoso banquete de la Resurrección: la verdad de Cristo vivo para siempre.

La Iglesia no es santa por ser Iglesia, sino por ser ejemplo vivo de Cristo.

Y si no es santa, es decir, vivificante del espíritu, entonces está muerta.

La corrupción de la Iglesia es la corrupción del mundo.

Su misión de iluminar las conciencias ha degenerado en devociones difuntas y ritos inconscientes.

No se puede consolar, y a la vez compartir las viandas y los vinos con los autores del desconsuelo.

Jesús es radical como la verdad: ni pacta ni transige con la mentira.

Frente a los poderes de opresión, Jesús es Libertad, es Justicia, y es Bandido.

Pero no guerrea en campos de muerte, porque su lucha no es con armas de fuego, sino con armas de luz, abriendo prisiones, liberando esclavos, abatiendo las fortalezas de la mentira, revolucionando la vida.

Todo lo que es externo, no es el hombre.

Lo perecedero, no es el hombre.

Pero en su corrupción materialista, el hombre confunde su Ser con su apariencia, porque su yo está cosificado.

El hombre, con su mente carnal, piensa que es cuerpo.

Y en su vanidad, piensa que es nombre.

Y en la satisfacción egoísta de su cuerpo y de su nombre, pierde su identidad, su filiación divina.

Así, el hombre olvida quién es, de dónde viene, para dónde va. Y perdido en el piélago insondable de la duda, tiene que inventar de la nada una ilusión, un espectro de ser.

Cada hombre es diablo y Dios.

Si vive del egoísmo, es diablo.

Si vive de la verdad, es hijo de Dios.

El cuerpo es templo de Dios, si lo habita el amor.

Pero es templo del diablo, si lo habita el egoísmo.

Cielo es amor, egoísmo es infierno.

Ayudar es el verbo amar que debemos conjugar activamente. Despertar las almas, ponerlas a buscar caminos, a salir de callejones.

Los que dejan para mañana la revolución nunca la harán, pues el futuro no es lo que esperamos, sino lo que hacemos.

La revolución ya empezó, empezó antes de nosotros, pero ha sido traicionada, convertida en ilusión y oropel.

Cristo está muerto en los altares de las iglesias y en el corazón de los hombres.

La Iglesia está educando las almas para la secta y la idolatría, no para lo esencial: que los hombres se vuelvan Cristos, como enseña Jesús.

Si la Iglesia no lucha por la redención, entonces su misión es quimera mesiánica, letra muerta, sepulcro y no resurrección.

La redención no es utopía. Basta que un hombre se salve para que sea realidad. Eso es Cristo.

A Cristo no hay que concebirlo como un imposible sobrenatural, sino como la única posibilidad latente del hombre de volverse Cristo, hacer verdad de su vida, retorno a la Esperanza.

Los sacerdotes deben convertir a las ovejas en pastores para que la casta desaparezca. Pues es muy feo que en nombre de Dios se amedallen los hombres, si El nos hizo a todos sagrados.

Toda medalla, como toda jerarquía, es símbolo de poder, sol de vanidad. Y la Iglesia brilla menos por la verdad, que por su constelación farisaica de emblemas y reliquias embalsamadas.

De su seno no ha vuelto a nacer un Cristo. Ese es su fracaso. Está muy ocupada oficiando pompas en las ceremonias de César, en sus embajadas, sus cuarteles y sus bóvedas bancarias. Bendiciendo leyes de injusticias y constituciones opresoras hechas por poderosos. Administrando bautismos sobre cadáveres condenados a prisión perpetua.

Uno pensaría que la Iglesia de Cristo se convirtió en Iglesia de César, a cambio de que éste adore sus símbolos y se consagren sus cetros en concordatos.

Pero Cristo no puede ser pactado con poderes de opresión, pues El es Libertador, no procurador de Roma.

Judas también quería poder con un trono para que gobernara Jesús, pero El se dejó coronar de espinas, pues su Reino no era en la Tierra, sino en las almas.

Sacerdote es todo hombre que se vuelve Cristo, pues los Cristos se hacen, no se gradúan.

Todo hombre, si quiere, puede llegar a ser Cristo por sacrificio, por perfección y pureza de corazón.

Jesús era un hombre como nosotros.

En la carne, heredó nuestra condición humana.

En el espíritu, conquistó la de Dios.

Jesús llegó a ser Cristo por el espíritu.

Ser Cristo es un estado del alma, un estado por el cual el hombre manifiesta la Divinidad.

AMOR

SACRIFICIO

Y SABIDURÍA

es la escalera de tres peldaños que conduce a la cima.

Cada hombre va para donde mire.

Si mira para atrás, no puede ir hacia adelante, aunque se arrastre con grúas.

Mirar atrás es mirar las cosas como fines.

Eso es estancar la vida, anclar en el vacío, instalarse a morir en la carne con una fatalidad resignada.

Matar con armas es una cobardía heroica. Pero matar al ego en sacrificio voluntario, es la muerte de la resurrección, el encuentro con Dios en uno mismo.

Porque la victoria es sobre uno mismo. Y ser vencido en la mentira, es la verdadera victoria.

Cuando un árbol está enfermo, se tala para que retoñe y dé frutos.

Cuando una casa está vieja, se tumba para construir una nueva.

Cuando una máquina se daña, se repara para que sea útil.

Lo mismo pasa con el hombre, que se enferma como el árbol, se daña como la máquina, y se pone viejo como la casa.

Pero al hombre lo dejamos morir porque no lo podamos, ni lo reparamos, ni lo reconstruimos.

El hombre está herido de muerte.

Esta enfermedad mortal es el egoísmo.

El egoísmo es pecado capital porque viola la ley que dice: Amar a Dios sobre todas las cosas.

Pero el egoísta se ama a sí mismo por encima de Dios y de los demás.

El egoísmo es pecado satánico que desarmoniza la Creación.

El egoísmo es el origen de la guerra en los hombres y entre las naciones.

El egoísta está tan apegado a las cosas, que él mismo está cosificado, y ya no piensa sino en sí mismo.

El egoísta es un loco que sólo se sacia con su propia destrucción.

El egoísmo es lo que ha hecho del hombre un mendigo en el reino, y un rey en el basurero.

Las consecuencias que desata el egoísmo son fatales. El egoísmo engendra soledad, vacío, inseguridad, miedo, agresión, codicia, avaricia, infelicidad y muerte.

Creemos que podemos llenar el vacío con cosas.

La infelicidad con placeres.

La soledad con evasiones.

La inseguridad con dinero.

El miedo con poder y violencia.

Pero los vacíos del alma no se pueden llenar con cosas materiales. ¡Maligna ilusión!

Y así, el monstruo que nos devora es insaciable.

El cuerpo de un hombre, no es el hombre.

Ni su nombre es él.

Cristo nunca es pasado, es esperanza siempre.

El es la vida en verdad, y la pureza en perfección infinita.

Porque el fin del hombre es retornar a Dios eternamente en el presente: ¡La Verdad!

Esa es la salida.

La salida es adentro.

Gonzalo Arango

Fuente:

Todo es mío en el sentido en que nada me pertenece. Plaza & Janés, Santafé de Bogotá, agosto de 1991. pp: 225 - 235.

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