Gonzalo Arango,
el profeta de la
nueva oscuridad

Uno de sus amigos, Elmo Valencia, evocó en un recital colectivo en la Fundación Santillana la memoria del fundador del nadaísmo.

Por Elmo Valencia

Gonzalo Arango tenía la costumbre de escribir hasta altas horas de la noche. Cuando vivía en una habitación loma arriba del barrio de La Perseverancia, como no había electricidad escribía a la luz de una vela. La señora que le arrendaba la habitación con derecho a orinar en el solar, creía que su inquilino era un joven jornalista desocupado, de esos que andan por las calles esperando un terremoto para encontrar trabajo. De allí que un día, al verlo fotografiado en el periódico de ayer, corre y le dice: “Don Gonzalo, yo no sabía que era usted ‘el profeta de la nueva oscuridad’”.

—Claro, doña Gumersinda, ¿no ve que aquí nos mantenemos en la oscuridad más completa?

Para sentirse más cómodo, y porque le han arreglado las tarifas en la colaboraciones de prensa, años después se pasa a vivir en el Bosque Izquierdo. A un garaje, donde antes había vivido un Volkswagen. Por eso, el día que lo visité, me dijo en tono filosófico: “El nadaísmo y el Volkswagen se parecen en que ambos tienen el motor atrás”.

El poeta se tomaba sus tragos, le gustaba el buen vino. Una tarde que estaba paladeando una copa de Leche de la Mujer Amada de contrabando en un bar de San Andrés y escuchando música de Pink Floyd, se le aparece nada menos que la virgen, en sandalias y con una guitarra en bandolera. Se llama Angelita y es inglesa. De ojos azules y pecas en las nalgas. Cuestión de raza. Viene caminando el mundo. Al verla, Gonzalo la invita a compartir su vino. Conversan de lo largo que es el camino para poder llegar. Aunque en realidad nunca se llega. Entusiasmado por el efecto vinícola, le dice: “Vivo en Bogotá, en un garaje, ¿vienes conmigo?”.

—No soy automóvil. Soy cantante.

—Y yo soy poeta. El destino nos ha juntado. Angelicalmente, Angelita, angeliquémonos ahora, ya que el mañana no existe.

Se besan. Se acarician. Y es tantro el ardor que esa noche terminan abrazados leyéndose el Kamasutra. Al llegar a Bogotá, cambia la pequeña cama de madera donde estiraba sus huesos por otra más grande donde quepa Angelita con guitarra y todo. Y el amor comienza a obrar sus milagros. Limpia bien el baño, compra papel higiénico. Adiós a las hojas de los periódicos capitalinos, incluyendo El Siglo. Llena las paredes del baño de afiches adquiridos en El Escabarajo Dorado. Proust mirando a Jesucristo Superestrella. Marylin Monroe mirando a Einstein y Einstein mirando sorprendido un átomo metido en el agujero negro de la apocalíptica taza nadaísta. La súbdita inglesa queda conquistada convirtiéndose en el gran amor del poeta. Deciden ir a Londres para que Gonzalo conozca a su suegra. ¡Qué maravilla! ¿Quién en la vida no ha deseado conocer a la suegra? Y ella también desea conocer al poeta que ha hechizado a su hija con versos libres para hacer el amor libre, allá, en ese país llamado Colombia, donde crece la mejor marihuana del mundo según los expertos de la Dea.

Se manda a limpiar los dientes para que los británicos no vayan a sentir el mal aliento de su literatura de alcantarilla cuando abra la boca para decir delante de los bardos ingleses: “To be or not to be, that is the nadaismo”. Y vende a Jotamario la Olivetti de color azul pálido donde ha escrito todos sus poemas y la última carta que le envió al pintor Fernando Botero, su condiscípulo de la Universidad de Antioquia, pidiéndole un dibujo para comprar el tiquete que lo llevaría a Londres. Vende su biblioteca a la secretaria de Simón González, el hijo del filósofo Fernando González, a quien visitábamos en su finca Otraparte, en El Poblado (sic), a las 3 de la tarde para que nos diera sabiduría y chocolate, pero el maestro, sabio al fin, nos daba más chocolate que sabiduría. Intuía que eso era lo que necesitábamos. No sé Jotamario a quién le irá a vender esa máquina pues no soy adivino. Simplemente soy un poeta de este país donde, según dicen, hay más poetas que desocupados. Ojalá esto sea cierto. Hasta poetas presidentes hemos tenido como el doctor Belisario Betancur, quien nos honra esta noche con su presencia. Recordemos que Gonzalo Arango, en un acto oficial realizado en el barco Gloria, en Cartagena, dijo que Carlos Lleras Restrepo era el “poeta de la acción”. Nos sentimos muy ofendidos con sus palabras porque era un atropello al origen sagrado de la poesía, al Siglo de Oro español, a los surrealistas franceses, a los poetas malditos, a Machado, a Neruda, a Barba Jacob y a nuestro querido Tuerto López. Es como si yo dijera aquí, esta noche, que el actual presidente, el doctor Álvaro Uribe, es “el poeta de la reelección”.

Tengo que anotar lo siguiente: todos los poetas nadaístas admiramos a Belisario Betancur y hemos sido sus amigos. Lástima grande que cuando él ocupó la Presidencia de la República, tal vez por timidez, nunca lo visitamos para pedirle que nombrara a uno de nosotros como embajador ante el Olimpo de los dioses, donde Zeus ya recitaba de memoria el Terrible 13 Manifiesto Nadaísta. O que nos hubiera dado la oportunidad de ocupar la dulce y cálida y metafísica embajada en Washington. Pero no perdemos las esperanzas.

Antes de tomar el Boeing 707 que los conduciría al país de los Beatles, deciden visitar por última vez el monasterio de Villa de Leyva. Pero el taxi en que viajan desde Bogotá, choca de lado con un bus que viene en sentido contrario. Como Gonzalo lleva recostada la cabeza contra el vidrio del asiento de atrás, el golpe de viento provocado por el impacto le entra por el oído izquierdo reventándole el cerebro. Su maravilloso cerebro. El colapso fue tan sorpresivo que solamente alcanzó a decir: ¡Mierda! Fue su última palabra. Su último manifiesto.

Cosa curiosa: al amor de su vida, Angelita, que iba a su lado, no le pasó absolutamente nada. Hoy, Gonzalo descansa en paz en su tumba de Andes, mientras Angelita vive en Guasca acompañada por doce perros, cada uno bautizado con el nombre de un poeta nadaísta. Para que vean ustedes lo que es el poder del amor y el poder de la muerte.

Fuente:

Valencia, Elmo. Periódico El Tiempo, Lecturas, viernes 23 de septiembre de 2005.

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