«Se llamaba Gonzalo, como yo»

Por Ignacio Piedrahíta

Cuando leí de su propia pluma que Gonzaloarango había sido virgen hasta los diecisiete años, literariamente hablando, de inmediato me identifiqué con él. Más o menos con esa misma edad dejé de sentirme intimidado por aquellos que habían sido devoradores de libros en la infancia, y de repente tuve la revelación de que también la propia vida podía ser tema de la literatura. Ese tipo de mensajes son típicos de Gonzalo. Son parte de su inteligencia literaria, que se las ingenia para convencer al lector de que nunca lo va a traicionar. Pero ahí no termina su camaradería. Mientras uno pasa las páginas de sus cuentos, su presencia permanece cerca. Tan papable es, que se alcanza a sentir el suave susurro de su dedo al deslizarse bajo las líneas que él mismo escribió. Y, cuando el lector se detiene extrañado y levanta la cabeza para mirarlo, él le guiña un ojo.

La escritura de Gonzaloarango sigue los caminos de la música del jazz. Figuras espontáneas hechas con palabras van cayendo una tras otra en medio de una estructura de simple apariencia. Sus frases son golpes de efecto que van directo a los sentidos, dando un salto ficticio sobre el caudaloso río de la razón. Cinco décadas después de ser escritas, es inútil intentar desentrañar el sentido literal de muchas de sus líneas. Similares a hermosos fósiles, queda el molde y no la carne, que ya ha sido devorada en otras épocas de crudo existencialismo. Escrita en piedra, su escritura es ahora más valiosa y potente, donde destella no solo el desborde de la imaginación, sino un estado del alma de permanente inspiración, reservado a los más jóvenes y a los elegidos. De ahí, quizá, que Gonzalo se refiera al escritor como «un santo que sufre mucho».

Así como Gonzalo, el homónimo narrador de casi todos sus cuentos, está siempre inspirado —en el sentido de que parece que tuviera la palabra a punto de brotar en todo momento—, también está en constante aburrimiento. Porque la vida real, basada en la política, el comercio y otras lides similares, no tiene nada que ofrecerle. Gracias a los adelantos científicos, el mundo está a punto de volar en mil pedazos por las amenazas nucleares de las grandes potencias. De ahí que solo el hombre idealista pueda salvar el mundo. Y eso es Gonzalo, un redentor del lenguaje en su sentido más plástico. Esto no quiere decir que su escritura desdeñe lo narrativo. Al contrario, está llena de elementos literarios. A veces estamos leyendo un cuento fantástico, otras una carta, una plegaria, un diario; desde un narrador en primera persona, luego en tercera; como un testigo o como un protagonista de la historia. Y, sin embargo, nunca se pierde la sensación de estar leyendo algo, no ya verosímil, sino verdadero.

Sin alientos ni voluntad para enfrentar los días opacos de la cotidianidad, los personajes de Sexo y saxofón prefieren la penumbra de un bar para pasar las horas. Todo lo opuesto a una torre de marfil, el bar es un agujero desde el cual mirar el mundo al revés. Es allí donde el artista se siente plenamente cómodo, «aplazando infinitamente lo que nunca tengo para hacer». Del aburrimiento, solo la semilla del amor puede sacarlo. Basta con que una mujer desconocida lo salude desde un carro que pasa, para que él se enamore. Si la música alivia el fastidio de la vida, el amor es el antídoto. Y, para prolongarlo, es mejor que este suceda únicamente en la mente. Las mil posibilidades del jazz se asemejan a la incertidumbre de un acercamiento, quizá un beso. Más allá de eso está la vida real, donde el amor, inexorablemente, morirá buscando una eternidad imposible.

El bar deja de ser un destierro cuando cae la noche, porque es cuando despiertan los sentidos y el deseo. Es allí cuando se manifiesta lo mejor del hombre, con motivos y lucidez suficientes para tejer sus propios paraísos. El epítome de esos lugares es el «Bar Pereza». Desde allí, un personaje nos cuenta cómo los hombres de un pueblo matan a una mujer forastera, por puta y por bonita, con música folklórica de fondo. Solo uno de los habitantes se siente ofendido por la situación, y es precisamente aquel que, no bien ver a la mujer, se dejó dominar por su deseo antes que por sus prejuicios. Más que el valor de defender la vida y la libertad por convicción, él lo hace gobernado por lo que tiene de más profundamente humano. Sus sentidos lo hacen inmune al miedo del cambio, de la mujer y del demonio que encarna su belleza. Es en la naturaleza humana donde Gonzalo busca la idea de dios.

Hay muchas mujeres en los cuentos de Sexo y saxofón, desde adineradas e intelectuales hasta «negras» humildes y ardientes, a veces como narradoras, a veces como personajes, pero siempre salvadoras. El pensamiento femenino es el opuesto al pensamiento racional, más propio del hombre. El conductor, el policía, el comerciante, el vigilante…, son profesiones grises que encarnan los personajes masculinos. Al contrario, una mujer enmascarada aúlla en la noche: «¡Catatumbo!». Su marido es petrolero y trabaja en esa región. Para él, ese lugar es la fuente de la riqueza, mientras que para ella, en medio de una fiesta de Halloween, es nada más que el término aliterado y de rimbombancia tropical: «¡Catatumbo!». Solo la mujer puede comprender al artista, y por eso las hay en todas las presentaciones, aunque igualmente sabias. Con su poder blando entran en la mente masculina y toman posesión como un súcubo. Desarman la estructura del mundo del hombre con su sexo invitador conforme se hace alta la noche, valiéndose únicamente de una promesa o una sutil insinuación.

Para Gonzaloarango, el gran enemigo del amor y la bohemia es el amanecer. Bajo esa lógica, es natural que la fuerza aplastante de la luz del día sobre la oscuridad de la noche traiga también el desenlace de algunas de sus historias. En la práctica, ese final tiene lugar en el calabozo de la estación de policía, donde los personajes, encandilados y enguayabados, piden un Alka-Seltzer. La noche se quita la máscara a la llegada del día y se esfuma la magia, y la única manera de enfrentar el día es con el absurdo. Para eso, la tropa Nadaísta se idea los mejores números: montados en un burro, que Jotamario ha enlazado con su cinturón, turban el orden de las fiestas de la caña de azúcar de la ciudad de Cali. Y, muy pronto, de nuevo al calabozo.

Los cuentos de Gonzalo no pueden dejar de leerse como fábulas, que aunque tienen elementos tradicionales como la muerte personificada, entre otros, son fábulas modernas al estilo beatnik, donde los protagonistas son los primeros hipsters colombianos. Por medio de ellas, el joven que hay en cada lector se siente justificado, el adulto, confrontado. Gonzalo pasa por una tienda de música y elige un trabajo de Ken Stanton, un disco que Jack Kerouac ha mencionado en su libro El ángel subterráneo. Con el lp bajo el brazo, se dirige a una cantina en los arrabales de la ciudad y la alquila para escuchar su música toda la noche: «Me hundí en esta música como en un sueño, sin pensar en nada, exactamente como un hombre que no tiene más remedio que existir». Un saxo de fondo comienza a tocar, y la escritura de Gonzalo brilla para nosotros en la noche dorada.

Fuente:

Piedrahíta, Ignacio. «Se llamaba Gonzalo, como yo». Presentación en: Arango, Gonzalo. Sexo y saxofón. Editorial Eafit / Corporación Otraparte, Biblioteca Gonzalo Arango, Medellín, abril de 2017, p.p.: 11 - 15.

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