Poesía y revolución

En esta página dediqué tres artículos en homenaje al padre Camilo Torres, acribillado en el monte por sus ideales subversivos. Como respuesta a ellos recibí un aguacero de ofensas anónimas por parte de sus presuntos compañeros de revolución, y no faltó un «mártir» que de paso para Cuba regara en México la semilla de que mis artículos habían deshonrado su memoria. También allá mis amigos de vanguardia se sintieron extrañados con mi actitud, y me hicieron un reclamo cordial, como corresponde a una izquierda civilizada que prefiere el diálogo inteligente al fanatismo ciego.

Todo indica que no fui comprendido. Pero intentaré una vez más aclarar mi posición intelectual frente al drama humano y político de Camilo Torres, para mis amigos y mis enemigos.

Aclaremos: es indigno que se pueda pensar que yo desprecié el valor y la bondad de la aventura revolucionaria del padre Camilo. Por una parte, era mi amigo personal, almorzábamos en pareja, él con su sotana, yo con mi ateísmo. Ni Dios nos unía, ni nos separaba. Pero había cosas del mundo que compartíamos con alegría: la amistad de las mujeres, ciertos apetitos, este inventico maravilloso de estar vivos, la solidaridad con el dolor de los oprimidos, el rechazo a las injusticias de la sociedad. También algunas dudas, una impotencia desesperada para entrar en la acción y comprometernos políticamente en una lucha concreta por el cambio social.

Nuestros lenguajes eran diversos, pero nunca opuestos. Él encontró finalmente su camino, y se fue por él, iluminado de mesianismo, con un coraje y una dignidad sin antecedentes en la historia política de Colombia. Sin sucesores a la vista. Sin consecuencias revolucionarias en el presente. Perdido en el laberinto histórico, sin eco, sin porvenir. Los últimos guerrilleros se vuelven cadáveres en los periódicos a la hora del desayuno. Todo sigue su curso como un río después de la tormenta.

Por otra parte, Camilo fue siempre solidario con ciertas empresas intelectuales del nadaísmo que apoyó con su prestigio y con su firma. Por ejemplo, en ese manifiesto protestante de los escritores contra el academismo y la moral inquisitorial del premio Esso de novela, que estaba lesionando nuestra literatura en la misma base de su libertad y dignidad.

Por último, admiré hasta la santidad el sacrificio del cura-guerrillero, su fidelidad, la pureza de sus ideas y de su acción. Para mí fue un Cristo crucificado en una ráfaga como usan los redentores de hoy, que mueren en olor a pólvora, plomo y electricidad. Su muerte me colmó de dolor, de los huesos al alma. En los artículos que escribí en su honor, quería salvar la nobleza de su ademán político y de su sacrificio, burdamente explotado por sus enemigos que no vacilaron en calificarlo de «bandolero», y ofrecer una imagen irrisoria de su muerte, presentándolo como un loquito impaciente y romántico con su cruel dosis de megalomanía.

Mi evocación de los episodios que llevaron a Camilo a la muerte se tituló «El cañón de la Pobreza», donde ubiqué su aventura, su lucha guerrillera, su mezcla de terror y misticismo cristiano. Pues Camilo —aunque esto no lo compartan los exégetas de la revolución— nunca separó a Cristo de su metralleta. Y no es una traición a su memoria afirmar, como afirmo, que tomó las armas en su honor, para salvar lo que al cristianismo le queda de humanismo y de vigencia en la tierra. Por eso estoy convencido de que separar a Cristo de la insurrección de Camilo es desvirtuar su vida, pasión y muerte. Negarlo sería desleal y mezquino, además de falso. Pues su aventura tenía dos caras: la religiosa y la política; en ambas aspiraba conciliar una revolución total en el orden social y en el del espíritu.

Su figura de líder político era a la vez la del monje y el guerrillero; la del cura que bendice un cáliz y la del hombre que dispara una metralleta, y en los dos actos se corona de gloria ante los hombres y ante Dios. (Hablo de «la gloria» de luchar por unos ideales y ser capaz de morir por ellos como la forma más alta de fidelidad al destino).

Su empresa no fue fácil. Fue lo más terrible que se pueda imaginar por el coraje, la desigualdad del combate, la incomprensión, aquellas espinas que debieron dolerle mucho en el espíritu: las espinas de su contradicción mística con la acción, que él concilió de la mejor manera que pudo, como Dios le ayudó. Fiel a sí mismo hasta la muerte, sin que el guerrillero matara a Dios en su alma; sin que Dios negara al guerrillero en su lucha por la justicia y la dignidad de la revolución.

Para mí, esta fusión de intereses políticos y religiosos que lucharon en su espíritu constituyó el drama aterrador de Camilo, su Monte de los Olivos. O sea, conservar inocente la mano que mata y la que bendice. Yo me lo imagino a veces en la montaña con su arma esperando al enemigo, pronto a disparar, a matar, apaciguando en su corazón una extraña angustia, alimentando a la vez una especie de cólera sagrada, y del choque de estos sentimientos desangrándose por alguna herida invisible, pero mortal. Si en este instante de amargura dijo algo, debió decir: Dios mío, aparta de mí este cáliz. Dicho lo cual preparó el gatillo para desgarrar el silencio en su alma, y la injusticia en el mundo.

Esto es lo que pienso del padre Camilo Torres, y no puedo admirarlo sólo por su aventura política, sino por su espantoso drama espiritual. Yo soy poeta, después de todo, y, para mí, este drama hunde sus raíces en los misterios más entrañables de la poesía eterna, esa que inspira redenciones y revoluciones desde que el hombre es inhumano con el hombre.

¿Cómo, entonces, podría sentirme reo de burla por el destino de un hombre que toma las armas para honrar la tierra y el cielo, sin economizar a sus ideales ni siquiera su propia vida?

Yo sería un miserable bastardo si no respetara y admirara las razones de un hombre que con su muerte nos da un ejemplo de lo que cuesta tener fe en la dignidad humana, y restituir a la tierra con su sangre su valor de paraíso, a la vida su categoría de milagro, a la poesía un lenguaje de salvación. Porque la poesía no sólo son palabras, ni se hace de palabras. Cuando las palabras sobran, la poesía se arma de voces más dignas, más viriles, y se expresa a bala. Eso lo sabía el poeta Maiakovsky cuando dijo: ¡Ahora tiene la palabra el camarada Mauser! Era que las palabras se le volvían silencios y cadáveres en el alma, no le cabían en la vida, ni en el amor a su pueblo, ni en su ira contra la opresión. Para salvar su dignidad de poeta tan ligada a su razón de existir, apeló al terror, que es la cara peligrosa de la libertad, su ética sangrienta.

Y Camilo hizo lo mismo para salvar su razón de existir, su devoción a los valores eternos del espíritu. Me identifico una vez más con su pensamiento y con su fe: sólo creo en una poesía que alimente los sueños y las insurrecciones de los hombres.

Gonzalo Arango

Fuente:

Arango, Gonzalo. «Poesía y revolución». Revista Cromos, columna de opinión «Última página», Bogotá, 12 de diciembre de 1966, p. 84.

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