El cañón de la Pobreza

(a Camilo Torres)

No queda más que la acción. Pero quien tiene un alma grande no entrará sino desesperadamente en la acción.

Albert Camus

Uno que era hombre yace bajo estas piedras. No hay inscripción ni signo que delate la grandeza. En el agujero todo negro de olvido reposa un montón de huesos petrificados por el sol y por los vientos arenosos que soplan en la soledad. La cruz se cansó también de prometer una resurrección imposible, y la desesperanza pudrió uno de sus brazos. En el otro se enreda la batatilla, y en sus flores humildes rondan los insectos. Las aves errantes se posan en la media cruz y estercolan la tumba con inocencia.

Ese que era hombre yace aquí olvidado del mundo y de sí mismo, sin nada que sobreviva a su aventura. Sólo le queda la posibilidad de que Dios exista, y que inscriba su nombre en el Libro de los muertos donde se registra la memoria de la pobre criatura humana.

El poeta ruso Maiakovski dijo una vez, abrumado por el peso y la pesadumbre de la revolución, cuando la belleza de sus versos no encendía sino relativamente la llama de su ideal revolucionario: «Y ahora tiene la palabra el camarada Mauser».

En esa incitación al terrorismo se operaba la comunión entre la belleza de la palabra y la violencia lúcida del disparo. Mutuamente se transmitían dignidad y coraje en una lucha sacramental por la redención del hombre.

Matar era una justificación, una razón de vivir. Pero también de morir. La violencia se ponía a las órdenes del espíritu; y el terror, de la moral.

La frase del poeta ruso me la contó un amigo que había desertado de la poesía porque le oprimía el pensamiento, la metafísica y la inutilidad de la belleza. Estaba harto de pensar pensamientos revolucionarios. Deseaba la revolución en carne y hueso, viva y beligerante en el corazón de su tiempo y en su propio corazón.

Las rebeliones del espíritu y las impaciencias del corazón; el sufrimiento y las ilusiones relativamente nobles lo sublevaban por su lentitud, por su carácter idealista muy cerca del ensueño.

Prefería la revolución instantánea; instalar sus sueños en las convulsiones de la realidad y la vida cotidiana. Su nuevo sueño consistía, no en estallar las injusticias de la sociedad con palabras terribles, sino con disparos terribles. No en predicar la piedad, sino la ira. No en exaltar la misericordia, sino el terror.

Elegía la revolución sin porvenir, pero sin someter sus estallidos a exégesis mentales, sin consignas razonadas. Finalmente abrazó la aventura revolucionaria, a la compasión religiosa.

Quería afirmarse con actos, con actos puros de violencia, y tan reales como la sangre y la muerte. Pensaba que la poesía era una ilusión idealista. No confiaba sus sueños sino a la sacudida, al temblor y al movimiento brusco. No creía más en la fuerza de la razón, sino en la razón brutal de la fuerza. No se conformaba a los desplazamientos lógicos de la evolución, sino a la precipitación, al derrumbamiento del templo donde se veneraban los falsos dioses históricos; con la muerte del orden cruel, renacería otro orden, otra mística, nuevos valores mesiánicos.

Según él, la contemplación era para los poetas y los santos a quienes terminó despreciando por incontaminados, puros, románticos y subjetivos.

La palabra —según su nueva fe— era una traición, un juego idealista, la enemiga mortal de la vida. Incluso, una aliada de la opresión triunfante, sin poderes para dirigir la historia.

A la historia —en su nuevo credo— había que forzarla con la fuerza, no con la idea. Dirigirla a su destino con la violencia, no con la belleza. En el arte sólo veía fuentes inagotables de cobardía y conformismo según aquel escepticismo expresado por un poeta alemán de que «¿Para qué poetas en tiempos aciagos?».

De tal modo identificaba la vida con el peligro; la aventura con el vértigo; y la gloria con la acción.

Aquella noche, al despedirnos, me dejó leer la última hoja de un cuaderno de notas. Lo que había escrito era su justificación, el presagio de su destino. Lo que decía era su último paso hacia la acción. Era esto:

Anoche los terroristas estallaron una bomba. Hasta mi ventana llegó la sacudida. Envidio a estos hombres que luchan por algún extraño ideal de vida por el que son capaces de morir. Yo los envidio, fugitivos y errantes, desde mi corazón vacío, desde mi alma escéptica que no tiene un ideal para ir al sacrificio. Ahora sé: la grandeza no está en el pensamiento sino en la acción. Y la belleza, esta diosa soberana a cuyas leyes me someto, no es en el fondo sino el renunciamiento a la vida heroica. Esta noche me gustaría ser uno de ellos: loco, consumido por una pasión que sólo se corona en la violencia, en la rotunda destrucción del mundo, y se paga con la muerte. ¡Ah, qué terrible voluptuosidad debe latir en sus almas proscritas consagradas a la insurrección! Cambiaría mi vida por esta acción ciega, asesina y sin porvenir, para liberarme de esta angustia mental, esta conciencia viscosa, laberinto de sombras donde vagan fantasmas metafísicos, espectros, seres que no existen…

Esta noche me gustaría huir, sobre todo de mí mismo. Ser el alma fugitiva del terror, la carne asesinada o asesina. Todo o nada, menos esta sensación sucia, culpable y a la vez inocente, de una pureza intolerable como el cielo. Cualquier cosa, menos este pensar frígido y blanco que teme comprometerse en las llamaradas de una pasión mortal.

Que el pensamiento se haga fuego en la conciencia, dignidad y drama, pues no hay valor ni riesgo en pensar para nada, para la eterna quietud. ¡Sólo hay belleza en el pensar para la vida que es la carne de la libertad!

Mientras no salga de mí mismo seré un gusano triste en el agujero del yo. Aquí estoy muerto. Sobre «el cañón de la Pobreza», allá lejos, el sol brillará sobre los venados y los fusiles de los guerrilleros. Mi puesto no es aquí, es bajo el sol…

Entonces dejó el arte por la lucha armada, y la palabra por el camarada Mauser. ¡Se marchó solo, con su coraje y su nuevo ideal, con su hamaca y su revólver en busca de la luz!

Cromos (2.547), Bogotá, 25 de julio de 1966, p. 76.

* * *

II

Ahora la única fraternidad posible, la única que se nos ofrece y que se nos permite, es la sórdida y viscosa fraternidad ante la muerte militar.

Albert Camus

Ahora recuerdo su imagen: era un poeta, nada más que eso: un proyecto de vida. Cincuenta kilos atormentados por una pasión mortal, ardía como una hoguera fulgurante de locura.

A los dos meses de irse de la ciudad, de sus libros, de sus amigos poetas, de sus compañeros de generación, caía abaleado en el «cañón de la Pobreza», sin pena ni gloria, en un melancólico y anónimo sacrificio. Muerto para la vida en un ademán valiente sin duda, pero inútilmente inmolado.

En ese ademán dramático y efímero de un extraño libertinaje espiritual, casi místico, se había jugado todas sus posibilidades: las de vivir, crear, morir por algo y para algo… ¡Y había perdido! Su juego era limpio, pero marcado de antemano por la muerte. Si hizo trampa fue con su verdad.

Ese heroísmo me pareció siempre en el vacío, casi una traición a sí mismo y a los valores que encarnaba. Había desertado de una causa que lo necesitaba vivo limitado, y no cadáver absoluto. Con su gesto negro y resplandeciente apelaba al heroísmo, pero su impulso era tan elevado, tan celeste, que olvidó la gravedad de la tierra y sólo alcanzó a abrazar la nada para confundirse con ella en la caída.

Ni en la realidad ni en lo posible encontró su reino. Sólo se sentía puro en el terror, que a pesar de su rudeza también es un reino abstracto. Jugaba su vida a la inmortalidad por el trágico camino de la muerte.

Orgulloso. Con su muerte quería matar la injusticia del mundo. Arrastrar a su tumba la iniquidad, la miseria, el sufrimiento de los hombres. Proclamar la verdad con su silencio. Enterrarse con su época. Repetía el gesto terrible de Sansón y los filisteos, pero en su caso el Sansón que soñaba ser con su hazaña moría solitario mientras los filisteos le sobrevivían y, peor aún, lo traicionaban, robándole sentido a su muerte. De esas cenizas no sé qué nacerá, como sucede a veces con los mártires de cuyas tumbas brota el milagro.

La frase del poeta ruso lo había arrojado a la montaña y a una muerte irrisoria. También él se había matado con su Mauser, de un balazo, pero en su caso era explicable: para ciertos espíritus lúcidos y tiernos las revoluciones triunfantes son mortales, y cuando no glorifican la vida sólo dejan la alternativa de morir. A Maiakovski lo mató el triunfo de una revolución que prometía la felicidad para todos, a costa de la libertad de cada uno. Las conquistas de una revolución convertida en orden burocrático, despotismo y dogmas de Estado, fueron inferiores a su ideal revolucionario que era poético y vital en el más humano sentido, y redencionista en el sentido más crucificado. Pues el poeta tiene el don profético de desbordar la realidad, que para él no es sino un aspecto de la verdad, o su fulgor más inocente. Pero la realidad no es nunca esa verdad suprema que persigue desesperadamente y por la cual clama en el desierto de la contingencia.

Desde luego, ninguna muerte está plenamente despojada de sentido, así sea simbólico. Y, ¿qué sentido tiene la muerte del poeta-guerrillero? En el fondo de su naturaleza estaba desesperado por una gran urgencia. Necesitaba ponerse a prueba para comprobar si su vivir tenía un sentido, si el mundo era justificable, y si le quedaba al hombre una dignidad y una razón de existir. En síntesis, necesitaba saber, por un imperativo de conciencia, si era libre, es decir, si era un hombre.

¿Cómo saberlo?

El arte lo dejaba confuso, con una amarga sensación de impotencia y fracaso. Su lucidez era negativa, le revelaba la contradicción entre sus sentimientos y el absurdo del mundo; entre la belleza y la verdad; entre su yo y la humanidad. La historia era a sus ojos una orquestación caótica y ambigua, su orden marcaba un ritmo catastrófico. Era demasiado lúcido y sensible para no percibir el espejismo de los valores dominantes. Por todos los ámbitos del ser y del mundo oía voces de opresión, de miseria, de ignominia. El horizonte humano y terrestre se había cerrado para la salvación. La religión no podía llevarlo a coronar su ideal revolucionario, sino a la impotencia. No se resignaba a este fracaso. Necesitaba una experiencia más rotunda, más profunda y solidaria con la sangre de los otros. Para saber si era libre, si la vida tenía un sentido, si la justicia era compatible con la dignidad, apeló a ese absoluto que es la muerte.

Al fin se abraza a su verdad, pero esta vez para siempre. Esta verdad tuvo el destello fugaz de un disparo al que sucedió la eternidad, la noche y el silencio. Se llevaba su verdad a la tumba como un secreto por el que había pagado, en mi concepto, un precio injusto y sin medida.

Un sacrificio tan terrible que me recuerda aquellos personajes de Dostoievski, sus destinos rotos por el absurdo, náufragos en mares contingentes, sedientos de absoluto entre dos orillas: la nada y el infinito.

Esos atormentados se suicidan para afirmar contra Dios su libertad soberana, en un acto de lúcida rebeldía. Y al liquidarse descubren que son libres; se afirman al tiempo que se niegan, y mueren reconciliados.

Pero de Dostoievski a nuestros días la metafísica ha dado saltos mortales sobre el abismo. Nuestros contemporáneos ya no se desesperan por asumir la libertad como experiencia subjetiva, o por las vías de una aventura metafísica suicida.

Para nosotros una tal hazaña significaría tanto como morir para saber qué hay después de la muerte. Pero los hombres ya no quieren morir por un ideal platónico de libertad. Si hay que morir por ella, que sea por una libertad concreta, existiendo en el hombre y en la historia como vivencia y redención.

El poeta, sin embargo, murió sin hacer nada por la belleza, y nada por la revolución; nada por sí mismo, y nada por la humanidad. En un sentido muy sutil, su acto se emparenta con la inutilidad metafísica de los suicidas dostoievskianos: la libertad que conocen en su breve y fulgurante revelación muere con ellos. Entre la nada y el infinito, el eco de una pasión inútil, el silencio, la indiferencia del cielo…

Cromos (2.548), Bogotá, 1.º de agosto de 1966, p. 72.

* * *

III

¿Quién se atrevería a condenarme en este mundo sin juez, donde nadie es inocente?

Albert Camus

Sí, los hombres son libres de morir, pero no hay libertad en la muerte. El balance es rojo para el heroísmo, pero negro para la existencia. Quiero decir que el sacrificio que no tenga una eficacia real en la historia, un sentido creador, es un sacrificio absurdo que no beneficia a la vida ni da trascendencia a la muerte; no aumenta la felicidad ni disminuye el dolor; no instaura la libertad ni suprime la opresión. Pues lo que importa en definitiva no es morir con heroísmo o con esa falsa grandeza romántica de los mártires, sino vivir dramáticamente, creadoramente, afirmando en cada acto no sólo la vida, sino el sentido de la vida. La gloria es voraz, pero no hay que desertar de los hombres y sus causas. La vida en sí misma es superior a todas las miserias y a todos los ideales; vale más que la suma de todas las ilusiones y todas las nostalgias. Ninguna lucha se justifica si es al precio de negarla. El sol no alumbra sobre la eternidad, ni en el más allá florecen rosas. ¡La vida es todo, la historia es nada!

Los días han pasado y nadie se acuerda del poeta. Ni siquiera almas piadosas oran ya sobre su tumba. El tiempo pasa inexorable, sordo, silencioso. Su alma de mártir se oxida en la memoria de los vivos, que es efímera e infiel. Yo lo recuerdo sólo como un símbolo, su imagen se ilumina como una exhalación y luego desaparece. Es más de la eternidad que de nosotros; más de la leyenda que de la verdad, como si no hubiera existido. La muerte ha borrado su aventura terrenal de carne y hueso, de pasiones y pensamientos. Ya su sangre no palpita en las venas para el impulso del vuelo. Todo está hecho para olvidarlo. Sobre todo la memoria.

Algunos alegarán que fue un mártir, un héroe anónimo, y que cuando triunfen los ideales por los que luchó se habrá justificado su muerte. Se dirá entonces que fue un eslabón roto pero no perdido de un encadenamiento histórico que culminaría en el triunfo de la revolución. Hasta es muy posible que en el futuro rescaten su nombre del olvido y de la tierra anónima, y lo inscriban con bronce en el altar de los mártires. Quizás la posteridad agradecida le consagre una página admirable en el libro de los inmortales. Quizás se restituya su polvo en la piedra de un monumento público. Todo eso puede suceder, pues somos innobles: ofendemos la vida consagrando estúpidas ceremonias a la muerte. Sacrificamos la vida para exaltar la muerte. Nuestros ritos a los muertos sólo significan que hemos conquistado el apogeo del pesimismo, y que nos deleitamos en lo morboso.

Pero me pregunto: ¿para qué la consagración póstuma de un símbolo, si lo que importa no es el símbolo despojado de vida, sino la vida desplegando su plenitud en forma de fuerzas creadoras?

Es preferible vivir una vida humana que ser postulado para un siglo de posteridad sobre un pedestal, sin apelación a los escultores picapiedra que aporrean al guerrero adjudicándole un aire sublime que nunca tuvo, pues en este trance de falsa leyenda, el hombre vuelve a ser traicionado.

Ya en un plano subjetivo no condeno el acto soberano del poeta-suicida. A nombre de ninguna moral personal o histórica podría condenarlo. No me es permitido, pues todo juicio sobre un hombre que elige su destino es sagrado, es decir, arbitrario, ya que una vida desborda razones y justificaciones.

En lugar de condenarlo me limito a comprenderlo. En última instancia ha elegido lo imposible asignando un sentido absurdo a su vida y a su muerte. Su acto se torna impensado, irreversible y definitivo. Nuestro juicio, en este caso, es simplemente humano, y por lo tanto provisional. Allá él con su pureza y su heroísmo.

Vivo, podíamos comunicarnos y discutir el sentido y el porvenir del mundo, y hasta adoptar una moral transitoria, una estética de la revolución y una ética de la poesía: sus libertades puras y sus compromisos morales.

Muerto, nos ha legado la soledad, el fracaso y el silencio. Y la eternidad, todo el mundo lo sabe, es inhumana.

Quizá se haya despedido de las estrellas con una sonrisa tierna. Eso nadie lo sabe: ni el soldado que lo mató, ni Dios que estaba ausente de la lucha, ni la tierra insensible al dolor de los hombres.

Quizás los pájaros que se despertaron con el disparo podrían decirnos si murió triste o con alegría, orgulloso o humillado. Pero desgraciadamente los pájaros prefieren cantar y por eso nunca lo sabremos. En esta forma, el misterio queda cerrado para esta vida y la eternidad.

A las piedras que guardan sus huesos, pido que sean menos duras que los hombres, menos inhumanas. Y que esa cruz torcida en forma de espantapájaros vele su tumba anónima, para que la desesperación que lo mató, cese de destruirnos.

Y bendita sea su morada y su memoria. Pues a pesar de todo era un poeta, un santo y un «bandido». De él no queda siquiera un verso que sobreviva a la nada en que ahora habita.

Hoy no me quejo de no ser inmortal, pues he vivido, casi siempre en la infelicidad, y avaramente en la dicha. Solo, libre, cruzo el desierto. Consiento mi vida como un milagro y sobre ella escribo, pues la vida es siempre lo único nuevo bajo el sol. Poeta o eterno de algún modo existo, en lo alto y en lo profundo de mi cólera, y eso me basta.

Gonzalo Arango

Cromos (2.549), Bogotá, 8 de agosto de 1966, p. 76.

Fuente:

Arango, Gonzalo. Última página. Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2000, pp. 149-160. Columnas publicadas en la revista Cromos. Recopilación por Jaime Jaramillo Escobar.

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