Discurso para la coronación
de un pueblo: Andes

No pido perdón por ser un poeta sin corbata. Pido perdón por no saber hacer un discurso de coronación.

Mi oración es esta alegría que colma mi alma al volver a desandar los recuerdos y abrazar rostros que no ha traicionado la memoria.

Hace 20 años, en 1948, me fui más allá de estas calles en busca de un destino. Iba equipado de sueños, sueños confusos que no tenían nombre ni identidad, pero que la fecunda y brusca tierra de Andes había sembrado en mí, para que los coronara en horizontes más propicios a la actividad del espíritu.

No me fui como un desterrado de mi lugar nativo, sino como el guerrero que sale a conquistar fronteras, surcos para esparcir las semillas de los sueños que estaban por despertar.

No estoy orgulloso de lo poco conquistado, pues la estación de la siembra es dura, y la de la cosecha depende del coraje y el sacrificio.

Sólo el tiempo perfila la victoria del fruto y compensa la brega del sembrador.

Pero no he dormido: ¡he soñado!

En cierto sentido, mi retorno al solar nativo es prematuro, y sólo se justifica por la impaciencia de anudar lazos afectivos que la vida había desatado temporalmente.

No estoy aquí por mis méritos, que considero exiguos, sino por el único mérito de ser uno de vosotros.

Un Andino orgulloso de serlo.

He ganado y perdido batallas lejos de aquí, pero sobre todo he luchado por el triunfo de mis ideales de hombre y escritor. Y en esa lucha nunca me ha abandonado el coraje andino, la violencia indomable de su naturaleza, el ímpetu de su salvaje fertilidad. Su limo me ha nutrido básicamente el espíritu con el esplendor, el poder y la savia fecundante de esta tierra en que nací al deslumbramiento del mundo.

Exijo que se me crea que lo más esencial de mi espíritu nunca se alejó de estas calles, estos cerros que limitan en el cielo, estos desfiladeros floridos que fueron el rústico escenario de mi aventura juvenil.

Nunca he desertado en mi corazón la nostalgia de estos lugares fabulosos, la pequeña historia de esta isla rodeada por el turbulento San Juan y la mansitud de la Chaparrala.

De esta nostalgia, paradójicamente, he derivado un fervor místico en mi futuro, a la vez que un ímpetu creador.

Lo poco que sé y lo que soy, no lo aprendí en la universidad de los libros; ni mi carácter, ideales y sueños, los forjé en aulas intelectuales, sino en una empinada y amarga Universidad que se llama «La Loma Hermosa», por allá en la Quebrada Arriba, cuya cima escalé mil veces a pie y otras mil veces bendije a los dioses por darme valor y hacerme digno de tal sacrificio.

Fue allí, en esas remotas y brutales alturas donde aprendí a ser hombre, a desafiar lo imposible, a respirar el aire de los abismos y los éxtasis purificadores de las nubes. Fue allá, en esas rutas del cascajo, la miseria y el sol, donde mi alma se hizo guerrera, y se preparaba en la soledad para un extraño destino.

Más que la gloria y el poder, Andes ha sido por eso mi verdadera e íntima patria: esta que limita en el oriente con el sol; en la noche con la luna, y en el tiempo con mis sueños eternos.

Hoy he venido a restituirme en cuerpo y alma al reino incontaminado de los recuerdos; a la morada de los sueños con vínculos indestructibles de amor, de fidelidad a la tierra.

Y no podía ser más emocionante este retorno que para cumplir una tarea doblemente grata al corazón y al espíritu por los símbolos que encarna.

Al corazón, por rejuvenecer al contacto con la nueva generación que ha encarnado su ardor y sus ideales en una joven que era ya reina antes de ser nombrada por sus dones. Pues donde pisa una mujer nace un reino. Y si pisa el umbral de una casa, esa casa se torna un templo. Y si es un camino, lleva a una tierra prometida. Y si es el sendero del amor, de ese incendio nacerá el milagro y el éxtasis.

Porque la mujer, con su incomparable devoción y ternura comunica a todo una luz, un sentido a la vida y a la tierra, un consuelo a la pena, y un reposo a la fatiga del guerrero.

La otra razón, que se suma a mi vocación por la belleza, es el carácter juvenil de esta fiesta en que los estudiantes han soñado un idealismo romántico grato a su corazón y lo han conquistado en la corona de esta joven.

Su triunfo es revelador de que la juventud donde pone sus sueños estremece la tierra, produce un despertar y señala el rumbo del porvenir. Yo deseo y exijo de esta juventud que con la misma pasión y mística que se consagró a la causa galante de su reinado, se empeñe igualmente en la dramática lucha de mejorar el mundo, de irradiar en torno a sus semejantes los valores de dignidad, justicia y amor con que los dotó la vida y su experiencia en la cultura. Que así como han elegido libremente y por imperativos del corazón un ideal de mujer, y un arquetipo de belleza, elijan también el ideal de una patria a imagen y semejanza de sus sueños de perfección y grandeza.

Pues la patria no es una extensión de tierra limitada por océanos ni fronteras, sino una extensión de amor sin límites en el corazón de cada hombre, y de una manera más viva en el corazón idealista de cada joven. Porque la patria no mide, no pesa, no limita, no muere. La patria es una pasión creadora, y su verdad tanto como su porvenir, depende del acto soberano de cada uno y de la empresa común de todos, para que ese ideal de patria se realice en la historia como una presencia viviente y un destino.

Y a todas estas, ¿dónde está don «Batacazo», el tendero?

¿Y Nano, el que despertaba las constelaciones con sus risotadas alegres y se tambaleaba de una acera a otra como un fantasma de media noche ebrio de sed?

¿Y el padre Montoya, que me bautizó y era un teólogo que fumaba tabaco y hacía temblar los pilares del templo con sus sermones apocalípticos?

¿Y «Patecera», el policía que me la tenía velada y me encanó cien veces por apedrear los pájaros y los almendros, porque yo era un pillo irredimible?

¿Y don Julio Jiménez, el maestro de escuela que me enseño a leer y escribir, y me lanzó sin saber al abismo del uso de razón?

¿Y don Paco Arango, el querido telegrafista de hace 50 años, mi padre?

Y mi madre, que sembró piedras en estas calles como si fueran flores, pero que la desalmada civilización arrancó a título de progreso cometiendo un execrable crimen contra la belleza y las tradiciones que testimoniaban las dulzuras idílicas del romanticismo.

Ah, ya no está con nosotros, es la vida que se destruye a sí misma para cumplir el destino y renacer en otras vidas, porque así lo quiere la naturaleza en su evolución inexorable. Somos lazos de la misma sangre, latidos de la misma honda palpitación del tiempo, herederos de generaciones, vínculos de la supervivencia del espíritu, irradiaciones de esta cadena infinita que funde en el mismo fuego el oro y la ceniza, la canción y el silencio, la felicidad y la pena, el vivir y la muerte.

Sólo muere lo que es perecedero en el orden físico de la naturaleza y del hombre; pero lo esencial se perpetúa en el tiempo por el soplo vivificante del espíritu.

Por eso, para que este pueblo prevalezca sobre sus cimientos de piedra; sobre sus bases indestructibles de templo consagrado a los sueños del hombre y a sus dioses vivos; para que los soles de sus glorias pasadas no se eclipsen con los nubarrones de oscuros materialismos que amenazan la dignidad y el porvenir de la historia; para que la luz brille cegadora sobre los cerros y los sueños de esta juventud; para que nuestra fidelidad a la memoria de nuestros antepasados no sea traicionada, sino exaltada y revivida y proyectada al futuro con el aporte de nuestra aventura, yo, en nombre de los espíritus que nos tutelan y protegen desde sus lejanas moradas, consagro reina por voluntad de la vida, a esta joven que encarna los más puros símbolos de adoración, para orgullo de ella como mujer, y de este pueblo que Dios bautizó «Andes», en honor a la grandeza.

Gonzalo Arango

Fuente:

Arango, Gonzalo. «Discurso para la coronación de un pueblo: Andes». En: Gonzalo Arango - Pensamiento Vivo. Juan Carlos Vélez Escobar, compilador, Industrias Única Ltda., Medellín, 2000. Publicado originalmente en el periódico El Colombiano en 1969.

^