Los dos amigos

Treinta años de la muerte del
poeta nadaísta Gonzalo Arango.

Por Eduardo Escobar

Lo que hizo entrañable la amistad fue la sensación de que estaban de sobra en un mundo demasiado enjuto para sus talentos, y mal hecho, a esa edad cuando todos nos sentimos singulares, y creemos tener una misión sobre la Tierra. Además, estaba el lazo de los libros que alentaban el complejo romántico.

El uno planeaba una novela triste, estaba resuelto a ir a donde fuera para escribirla. El otro, huérfano de padre, y con una madre bonita y viuda por cuidar, estaba decidido a construir con su vida alguna otra cosa razonable. Una reflexión que cuadrara el círculo, o justificara el desorden. Y el éxito en la política. En una ciudad tediosa como Medellín les sobraba tiempo para rumiar sus problemas, para confundirse con sus conversaciones.

A veces, el proyecto de novelista, cuya casa era invivible, en la loma del barrio Boston, pequeña, y llena de hermanos, pasaba las tardes en la del filósofo, arrellanado en su propia cama. Ojeando sus libros. Cuando estaba ausente. El filósofo era mi vecino. Vivía en el barrio arbolado, en una casa fresca y espaciosa, de un piso, desde donde oían las campanas de la Basílica cuando todavía eran audibles en la ciudad perdida. También oían música. Chopin. Creo.

De acuerdo con los tempestuosos presentimientos de un destino.

Los novelistas tienen la virtud de entrar en todas partes como Dios. Al novelista le gustaba la casa del filósofo. Quedarse allá, revisando sus libros, cuando estaba ausente. Era enfático. El novelista era tímido.

El filósofo, no supo cuándo, contó después, empezó a sospechar que por tímido que fuera el novelista enamoraba a su madre. Con la grandeza de las personas jóvenes en nuestras primeras lecturas inmorales de Freud y Steckel, no hizo juicios al principio. Intentó comprender lo que pensó que estaba pasando entre su camarada y la joven viuda de su padre. Hasta que le resultó desalmado, inaceptable en la relación que se guardaban. Y se le reveló que su madre, a quien amaba tanto, podía mirar a otro joven como él, inteligente, y con ínfulas de redentor, como él, y que todo en la vida se origina en la herida bendita de Edipo.

Entonces se derrumbaron las barreras que les impedían a ambos encontrar sus propias vidas. Y se hallaron en caminos opuestos para siempre. El uno hizo la prueba en la política con un partido de papel. El otro, crítica de arte. Y los dos acabaron por congregar alrededor de su malestar un montón de desesperados y enfermos, y apoyando una cadena de desgracias personales, de suicidios, y vidas fracasadas. Las víctimas propiciatorias del debate por la decencia, de la búsqueda de la lucidez. Y la poesía verdadera que quedó. Si fue algo.

El novelista al final se arrepintió de su labor diabólica. De su profecía desastrosa y oscura. Y se entregó a la purificación, antes de ser atropellado por un camión de cebollas. El otro, alcoholizado, tampoco estaba seguro de su elogio de la dificultad. Y de la verdad de su mesura.

Es extraño que los dos jóvenes amigos, separados por una sospecha doméstica, resolvieran ignorarse después. Y en el olvido, envolvieron en cierta medida la vida intelectual de la segunda mitad del siglo veinte colombiano. Desde las razones del lirismo y el anarquismo nadaísta. Y desde el dogmatismo de Marx y Freud y el complejo de Edipo. Uno armado con los evangelios de Rimbaud y Breton, y la emoción. El otro con la prueba reina de no sé qué de Thomas Mann.

Cuando Estanislao Zuleta le contó a la mujer este cuento de celos y dolor arcaico, pudo agregar: o tal vez hago una metáfora de mi vida a costa de Gonzalo Arango. Y por eso jamás lo menciono cuando escribo, aunque muchas veces escribo contra él. Pero lo reprimió.

Fuente:

Escobar, Eduardo. «Los dos amigos». El Tiempo, 26 de septiembre de 2006, columna de opinión «Contravía».

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