Gonzalo Arango,
disidente de sí mismo

Por Pedro Arturo Estrada

Hoy, cinco décadas después, seguir repitiendo el anecdotario, el recuento cuasi mítico de su vida, resulta ya un poco redundante. Podría decirse que cierta crítica ha levantado en torno a él una muralla de lugares comunes que hoy nos impide leerlo sin prejuicios: el escándalo, la irreverencia por la irreverencia, el provocador de sacristía, el «hippie» de Andes, etc.

Si quitáramos la hojarasca, lo que queda es un pensamiento radical sobre esa visión de la Nada que hoy nos parece más vigente que entonces. Quizá liberar a Gonzalo de su propia leyenda es la única forma de hacerle justicia.

El nadaísmo nació desde el desasosiego personal, pero también de un malestar colectivo, filosófico, poético. Un dolor temprano, una inconformidad anónima que de una u otra manera debía, tenía que reventar, manifestarse como lo hizo, como un grito colectivo de jóvenes insumisos, irreverentes y dolidos al mismo tiempo. Gonzalo Arango fue en ese momento el centro de ese malestar, el pivote que irradió a su alrededor y más allá aquella energía oscura del espíritu que, en otro tiempo y lugar, había fulgurado en seres anómalos como Baudelaire, Poe, Rimbaud, Lautréamont, Bretón, Artaud y Pessoa, entre otros, anticipando esa rebelión frente al mundo como institución, como realidad impuesta, hipócrita, mentirosa y corrupta. Los procedimientos, las poéticas, las coordenadas, desde luego, eran completamente distintas, y no puede reducirse el asunto a afirmar, como se ha hecho, que el nadaísmo fue simplemente una copia criolla de las vanguardias de Europa o de Estados Unidos. Lo que se dio en Colombia tiene para mí un paralelo incluso con el Mayo del 68 que, de cierto modo, fue una especie de nadaísmo francés, una poderosa revulsión del pensamiento libre, de la sensibilidad despierta y a contracorriente en el seno de la sociedad burguesa de ese momento.

Ahora bien. O ahora mal: el nadaísmo tampoco define totalmente a Gonzalo. Sin él el nadaísmo pudo sobrevivirse, y Gonzalo también, incluso como poeta o profeta, como el disidente de sí mismo que finalmente terminó siendo, el contradictor, el traidor, el hereje de su propio movimiento, lo cual no deja de ser una decisión soberana, su destino más consecuente. En su carta final sobre el movimiento, escribe con una lucidez que sacude: «No vivir atado a la cruz irredimible del nadaísmo, ni crucificado como Héroe o Mártir, ni colgado irrisoriamente del Mito, muerto de risa. La cruz que no promete redención, es fatalidad. Y ser nadaísta es también negar el nadaísmo si ya no sirve a los poderes de la vida y el arte». Eso es entender que hasta la propia identidad es una construcción que debe ser negada cuando deja de ser auténtica.

Para Arango, la visión de la Nada trascendía la pose nihilista: «No teníamos nada, luego podíamos tenerlo todo», porque en realidad, el hecho de aceptarla no lo inhabilitaba para lo esencial, vivir a plenitud sin esperanza y sin desesperación: «No creo en casi nada, pero creo en la vida», escribió también, como si le fuera permitida de antemano toda contradicción, toda aparente ingenuidad, como el poeta más allá de la letra que en realidad fue.

Hoy por hoy se trataría mejor de reencontrarlo desde otra perspectiva menos celebratoria, retomar el hilo que todavía nos une desde la escritura, desde la literatura, la poesía como restitución de lo humano real, del ser que quiso creer y pensar de un modo más bello y libre la vida, la sociedad, el arte, el mundo.

Lo equivocado es seguir creyendo que la Nada de Arango era la negación facilista de todo. Hoy vemos que es exactamente lo contrario. Lo que Gonzalo llamó Nada, la filosofía y aun la ciencia lo llama de nuevas maneras: deconstruccíón, principio de incertidumbre, fluctuaciones del vacío cuántico, pensamiento complejo, etc.

Una de sus sentencias más citada ilustra un poco la definición de escepticismo contemporáneo: «Toda afirmación es mentira, aun esa que supone definir la verdad». Escepticismo obligado en un mundo de fake news, de verdades algorítmicas, inteligencia artificial invasiva, gurús de la autoayuda; escepticismo que se opone al cinismo, a la dictadura del pensamiento único y preserva nuestro propio margen de libertad, de independencia individual.

Camus decía que el absurdo nace del choque entre nuestro deseo de sentido y el silencio del mundo. Gonzalo lo dijo bellamente también: «El mundo es verde, y sin embargo no hay esperanza», es decir, no hay esperanza trascendente, pero hay «verde». Hay vida. Y esa es la salida del absurdo que hoy buscamos en el estoicismo o el mindfulness.

Para mí su obra poética no se reduce al ámbito específico de sus poemas. Es la suya una poética abierta, por fuera de la letra, el «empaque» formal hoy tan discutido.

En mi propia escritura reconozco una indudable conexión con su ingenua credulidad en la poesía, en el poema que, menos decidido que el suyo, más pasivo y desconfiado quizá, más que «salvar el mundo», busca herirlo, abrir en él una grieta, una mirada que lo reinvente. Su Nada se replica hoy en la imposibilidad de nombrar el vacío que nos pudre, en la dificultad y la incertidumbre de decir o seguir escribiendo cuando ya todo está dicho y a nadie más importa.

La suya es una poética de la conciencia sensible, la imaginación y la irreverencia, el pensamiento asombrado del mundo, de las cosas, que se extiende al conjunto de su obra académicamente fallida para algunos, pero felizmente cercana aún para muchos.

Leído sin el ruido adlátere que lo acompañó, Gonzalo Arango sobrevive al tiempo como gran prosista del despojamiento y la autenticidad. Su Obra negra (como el Opus Nigrum de Yourcenar), sobrepasa los convencionalismos de género puesto que, en ella, como lo dijo al referirse a Prosas para leer en la silla eléctrica, ante todo estaba estaba su «vida, [su] muerte y [su] lucha contra el destino», y «una terrible necesidad de vivir» y «no perecer en el desierto».

Gonzalo Arango desaprobaría hoy todo homenaje, todo culto a su nombre. Solo pediría de verdad lectores que se atrevan a verlo en lo que es, en un país que sigue lleno de creencias inamovibles y rendido a ídolos de humo, influencers, estrellas de reguetón, políticos mesiánicos y fanatismos religiosos de vuelta.

Su Nada resuena hoy, para mí, en el propio vacío que nos habita, ya sin estruendo, sin manifiestos. Un vacío que solo aspira a vivir el instante, y a reconciliarnos con el simple devenir, tal como Fernando González en su día lo hizo y lo escribió. Ese vacío en el que aún, como en el mismo Camus, Pessoa o Cioran, la vida es y seguirá siendo la única y última verdad.

Fuente:

Estrada, Pedro Arturo. «Gonzalo Arango, disidente de sí mismo». Casa Museo Otraparte, Envigado, 25 de septiembre de 2026. Comunicación personal.

^