13 poetas nadaístas

El infierno de la belleza

Hace muchos años un poeta llamado Lautréamont definió la poesía como el encuentro de un paraguas y una máquina de coser.

¿En qué forma y con qué resultados se realiza hoy este encuentro de dos cacharros que dan origen a lo poético?

Sólo sabemos que esta belleza nueva no tiene la culpa de ser así, y no se excusa por ser tan antibella.

No es para almas platónicas, equilibradas, ni razonables. No tiene nada que ver con la nostalgia de un mundo mejor, ni con el sueño de otro mundo. Se instaló en su tiempo porque era allí donde tenía que instalarse, bajo cielos de dolor, brutalidad y agonía.

Esta belleza se acerca más a la confusión que al orden, a la morbosidad que a la salud, a la locura que a la razón. Y es por una causa objetiva: la subjetividad del siglo está trastornada, roto el viejo orden del universo, devaluadas sus tablas de valores absolutos, finita la concepción espiritualista del hombre y de las cosas.

La historia está en liquidación. Se traslada con sus cacharros axiológicos y sus utensilios inútiles, y pone en manos del impostor más fuerte las mejores tradiciones del espíritu, los bellos dones del alma, sus éxtasis, su soledad, sus libertades adorables y sus glorias.

La historia ya no evoluciona, sino que salta como un cangrejo loco contra el ritmo de las olas del tiempo. Su frenesí no indica que progresa en sus saltos mortales. La evolución es un movimiento continuo, constructivo. Pero la historia contemporánea se lanza de guerra en guerra en busca del progreso, inútilmente.

La guerra no es la revolución.

Las crisis del alma que antes fueron nobles e invisibles, se miden hoy, se pesan, se calculan en aparatos electrónicos: esas viejas desesperaciones metafísicas, las místicas elaciones, se han convertido en neurosis, epilepsia, terrores producidos por violencias físicas y coacción en las almas. En el fondo de esas almas oprimidas innumerables fuerzas rivales luchan por una desconocida supremacía.

La guerra está en las almas en forma de pasiones e idealismos contradictorios que no terminan por adherirse a una fe de salvación, o a un ideal sobre nuestra oscura realidad. Y esas fuerzas frustradas perecen en la lucha, en la hostilidad, para abdicar finalmente a las orillas del nihilismo.

La respuesta del poeta a este estado de zozobra y perpetua insensatez es una imagen de belleza iracunda, apocalíptica, fiel reflejo de los sucesos y del caos en que estamos sumergidos.

La nueva poesía no se disculpa ni ante una tradición promulgada como dogma de belleza absoluta, ni ante la hostilidad de las almas que se resisten a perder el prestigio del mito clásico y romántico.

¿Quién se disculpa por estar vivo?

La poesía es así, como la vida: visceral y animada como un organismo cuya raíz se hunde en las convulsiones, y crece respirando el aire envenenado del siglo hacia un cielo sin salvación. Crece hacia el cielo, pero ella misma es el infierno.

El poeta de hoy está desamparado como buscador de imágenes para crear un mundo unificado. Busca su guía entre signos paradójicos, alucinantes, derrotas y delirios. Pocos espíritus responden hoy a su mensaje. El alarido ha desplazado al silencio donde el hombre se reconcilia con su naturaleza más durable y más pura: el silencioso diálogo de las almas con su destino.

Esta poesía no es rara, o lo es en la misma medida en que lo es nuestro tiempo. Es nueva, sencillamente. Asume el partido del espíritu a nombre del cual se expresa y se rebela. En todo caso, su razón de ser consiste en no someterse a la burda dominación del pragmatismo heroico, y resistir a sus mortales enemigos de la Razón Civilizada.

Denota otra sensación del mundo: un cambio de cielo y un cambio en la mirada del cielo.

Cada poeta, en cada tiempo y lugar, advirtió de otra manera el fenómeno singular de su existencia. La poesía es la respuesta de esa percepción.

No se reprocha a Cristo, a Esquilo, a Dante, a Goethe, la fastuosa inspiración de sus respectivos universos poéticos. Ellos reseñaron con fidelidad irrecusable una rebelión metafísica, el tránsito del hombre por esta tierra hacia su propio cielo de salvación. Captaron el viejo misterio siempre nuevo del hombre ante el universo y ante sí mismo.

Cada generación tiene su turno para expresarse en términos de rechazo o de reconciliación con el mundo humano y el divino, con la libertad o con el destino.

Por eso es mala fe, dogmatismo estético, sacrificar una expresión de belleza nueva por su contraste con la anterior. No pueden ser idénticas porque su inspiración les llega de infiernos desiguales, aunque bien pueden inspirarse en manantiales de tradiciones vivas, purificadas en el fuego de distintas podredumbres.

El mundo cambia, la historia se moviliza y la belleza se desplaza con estas evoluciones.

La ciencia ha robado su encanto al misterio del Cosmos. Los cielos ya no son objetos arcanos de inspiración. La cortina azul y el más allá de la intuición metafísica han sido debelados. Todo era humano, y en el más allá no habitaron los dioses. El conocimiento ha entrado triunfante en la belleza de la realidad misteriosa.

Los territorios invisibles y la adivinación de las estrellas han sido descubiertos por un sencillo binóculo de larga vista. La fantasía y el mito no son ya fantasmas de la imaginación, sino certidumbres maravillosas de los sentidos. Y del espacio lejano han retornado los astronautas para referirnos la aventura de su conquista y declarar la cesación del milagro en un comunicado de sencilla objetividad lírica:

«La tierra es una bolita azul con tempestades».

El prestigio de los cielos ha entrado en decadencia. Sus valores de inspiración son relativos, y en adelante ingresarán en el dominio de una inspiración nostálgica y marchita.

Gagarin, el Prometeo moderno, ha robado de nuevo el secreto a los dioses insumisos y la luz a los cielos arcanos. El conocimiento humano se ha enriquecido con una verdad atea: ¡la tea de Zeus ya no ilumina la leyenda de los cielos: estos están poblados de vacío, silencio, soledad y estrellas!

Se nos han revelado otros cielos invisibles, pero reales y de enorme belleza. El hombre ya no es un desconocido, ni un actor perdido entre sus decorados. Su conocimiento de sí mismo se eleva en proporción al conocimiento del universo que habita.

La luna y el Lunik; los astros y los astronautas; el Polaris y la Estrella Polar, están en la misma órbita del hombre. Y el poeta fundirá en su canto la sombra y la luz de estas bodas entre la ciencia del Cosmos y la poesía cósmica.

Nuestro siglo no es menos hermoso, aunque sus descubrimientos nos asombren y a veces humillen la razón inocente y el corazón espontáneo: la relatividad del infinito no es menos admirable que la libertad soberana de la imaginación. La grandeza del alma consistirá ahora en descubrir la belleza en la contingencia y la eternidad en lo perecedero.

Si los dioses nos abandonaron, peor para los dioses. La soledad de los cielos está llena de promesas humanas, y la tierra es el porvenir del hombre, su alegre morada y su reposo.

Nada termina nunca, nada empieza. Todo es presencia. Todo existe en trance de revelación. También lo que no existe, existe en las posibilidades infinitas de la Nada. Y la belleza es inextinguible para nombrar el nuevo rostro de las cosas. Pues la belleza no es eterna sino en la medida en que muere para vivir: se eclipsa con la palabra y resucita del silencio, del que retoma su energía creadora. Invoca la verdad y los mil rostros de la vida, y es efímera como el dolor o la dicha.

En la continuación del debate nunca terminado entre la naturaleza y el espíritu, el poeta tiene la última palabra, pues oficia doblemente a la verdad y a la vida en su condición de hombre divino: en él se opera la reconciliación definitiva de la tierra y el cielo, de la realidad y el mito, redentor y crucificado a la vez.

El poeta poetiza para volverse dios, sin dejar de ser hombre. En su oficio se saludan el Espíritu Santo y el espíritu de la vida. El Paraíso perdido vuelve a ser recuperado por la inocencia de su canto, el exilio termina, y… «lleno está de méritos el hombre, mas no por ellos sino por la poesía, hace de esta tierra su morada» (Hölderlin).

El prestigio de la palabra nunca está cancelado. Resucita de las tumbas y de sus viajes por las tinieblas, y regresa a la luz del sol, fiel a su misión de comunicar lo incomunicable, y dar sentido a lo inexplicable. Ella da testimonio de lo que hay bajo el cielo y detrás de la muerte. Vive con los hombres y para ellos.

Por eso la poesía es aquello que intenta lo imposible: certificar que este mundo es el mejor de los mundos posibles y el único. Aquí el poeta se vuelve divino y sucesor de Dios, quien ha creado el universo para que el poeta lo explique. Y el poeta triunfa sobre el absurdo o se enloquece.

Dios, al crear el mundo, ha triunfado sobre la Nada, y fracasado ante el Ser. Tal acto reúne su omnipotencia y su impotencia. Por eso eligió al poeta para que la Creación no quedara en el caos, no siendo nada, pero tampoco siendo Ser. Y su misión es lograr la alianza entre el Ser y la Nada, y triunfar en la unidad.

Por eso la función de la auténtica poesía no es otra que reclutar los seres a la existencia.

Quizás Dios se ponga celoso de esta tarea que es poner a existir el Ser, y hacer humano el Universo Divino. El mito nos relata que por esta osadía el poeta Prometeo fue condenado.

Poesía fue siempre —y también es hoy— vida y libertad. No es otra la misión del poeta: asegurar la vigencia de estas dos palabras en el mundo de la opresión y de la muerte.

Fuente:

Arango, Gonzalo. «El infierno de la belleza». El Tiempo, suplemento «Lecturas Dominicales», 1963, fecha desconocida. Prólogo de la antología 13 poetas nadaístas (1963). Ver facsímil aquí. Cortesía de Michael Smith, creador de:

Elprofetagonzaloarango.com

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