La filosofía en alpargates

A propósito de Fernando González

Bajo un cielo de pájaros y naranjas emprendíamos el viaje a pie por los maravillosos mundos del conocimiento, guiados por la varita mágica de este filósofo espiritualista, preñador de vitalidad y conciencia en el alma de la juventud.

El pensamiento del maestro Fernando González nunca ha perdido actualidad, pero una sorda fatalidad histórica lo ha tenido confinado en un oscuro anonimato, en el que su semilla no muere pero tampoco ha fructificado con la fecundidad que merece. Ya es hora de que el país descubra a su descubridor.

“Sólo estoy sano cuando las muchachas me quieren y yo resisto. La virtud, la esencia de la virtud, reside en la lucha. Virtud habituada es vicio”.

“¿Quién puede soportar hoy la seriedad de un tratado de metafísica, por más que tenga su origen en la consecución de un caballo manso?”.

“No tendré admiradores porque creo solitarios. No tendré discípulos porque creo solitarios. No me tendré sino a mí mismo. Soy el cantor de la soberbia y la sinceridad”.

“Soy un hombre enamorado de la belleza, pero también hombre que persigue a las muchachas, hombre vulgar. Y así como me odio a mí mismo, odio a la Colombia actual; y así como amo al santo que podía ser, amo a la Colombia que sueño”.

“La belleza está en el sexo, en el origen de nuestra vida. Todo arte es amor. El espíritu entre los griegos era la sonrisa de la carne organizada”.

“Recibir de otros es una cobardía. Inventen, actúen, realicen, niños colombianos. No tomen prestado, no reciban regalos, no pidan. Qué vergüenza es hoy nuestra patria. En tiempos del Libertador, Colombia imponía al mundo sus conceptos de libertad y de gloria”.

Si Fernando González hubiera vivido en la Edad Media, habría sido escritor de un solo libro: Viaje a pie. La razón: sus jueces, los inquisidores, lo habrían condenado inexorablemente al potro de los tormentos. Afortunadamente para la literatura, ejerció su libertad en este siglo y su pensamiento contribuyó de una manera fundamental a despertar una conciencia nacional y latinoamericana. A su manera original y solitaria fue un filósofo y un profeta de su tiempo, incomprendido y desdeñado por sus contemporáneos, pero cuya voz rebelde repercutiría con fuerza deslumbradora en el porvenir. Apenas hoy empieza a irradiar su gran llama espiritual en el corazón de las nuevas generaciones, a las que está destinado su mensaje.

Fernando González es, como escritor, el enterrador de una época y el forjador de otra. Con él se cancela la Colonia y empieza la edad moderna. Su presencia en la literatura colombiana divorcia dos edades: la decadencia y el renacimiento, el pasado y el porvenir. Se podría pensar que este hombre es un personaje legendario no sólo por su importancia en la cultura, sino por el insondable desconocimiento que esa cultura —la nuestra— tiene del espíritu que más la honró y la emancipó. La deuda que Colombia tiene con él nunca será cancelada, mientras su pensamiento no haya sido totalmente integrado al alma viva de la nacionalidad.

Apenas ayer escuchábamos su risa y su filosofía viviente en los naranjales peripatéticos de su finquita de Otraparte en Envigado. Allá se congregaba de tarde en tarde nuestra generación, bajo un cielo de pájaros y naranjas, a emprender su Viaje a pie por los maravillosos mundos del conocimiento, guiados por la varita mágica de este filósofo espiritualista, preñador de vitalidad y conciencia en el alma de la juventud.

Qué lucha heroica, qué fidelidad a su destino, qué fe apasionada en la verdad, qué vocación por la belleza, qué llama ardía en su alma y qué ascetismo apenas digno de la santidad encarnó su aventura de hombre y de escritor. Nadie como él es en Colombia el contemporáneo de la juventud; nadie como él ejerce una comunión más viva y directa con el espíritu nuevo, con sus ímpetus y rebeliones. Su obra irriga de vitalidad el corazón de nuestro tiempo, está dirigida a la juventud guerrera, ésa que soñaba crear con su palabra y con su ejemplo.

El pensamiento del maestro nunca ha perdido actualidad, pero una sorda fatalidad histórica lo ha tenido confinado en un oscuro anonimato, limitando su poder evangélico a una absurda minoría intelectual, en la que su semilla no muere, pero tampoco ha fructificado con la fecundidad que merece. Ya es hora de que el país “descubra” a su “descubridor”, que la juventud se acerque por fin a esta llama que arde de amor a la vida, y en este Viaje a pie encuentre su verdadero camino, el de su porvenir.

A 38 años de haberse publicado este libro por primera vez, y a tres de su muerte, la segunda edición de Viaje a pie que acaba de realizar Tercer Mundo nos demuestra una evidencia; que Fernando González no ha muerto, y en todo caso, en este libro saludamos su renacimiento, su gloria perdurable.

Un hombre de contemplación

La aparición de Viaje a pie en 1929 produjo en Colombia y en el exterior una crítica que tocó los extremos del elogio y el anatema. Por ambas cosas quedó súbitamente consagrada como una obra maestra de la literatura americana. El escritor Francis de Miomandre la tradujo al francés y fue publicada para el público europeo cuya crítica exaltó su importancia para los dos continentes. He aquí una síntesis de lo que se dijo entonces:

Viaje a pie es uno de esos frutos brillantes que da en América el encuentro del genio hispano con la nitidez y la disciplina de la cultura francesa (Charles Lesca, París).

Viaje a pie es uno de los libros más fuertes, audaces y logrados que se hayan producido en la Colombia del post-centenario (Jaime Barrera Parra).

Las mismas revueltas, las mismas exasperaciones de Sthendal, apaciguadas, sin embargo, por la serenidad filosófica: porque Fernando González es ante todo un hombre de contemplación (Les Nouvelles Litteraires, París).

Obra original y profunda, Viaje a pie es la excursión de un espíritu idealista, enamorado de la libertad, a través de esa maravillosa Colombia donde la naturaleza posee tantos tesoros y donde la raza parece soportar el sello de un misticismo extraño (Chicago Daily Tribune).

Viaje a pie está prohibido bajo pecado mortal porque ataca los fundamentos de la religión y la moral con ideas evolucionistas, hace burla sacrílega de los dogmas de la fe y con sarcasmos volterianos ridiculiza las personas y las cosas santas, trata de asuntos lascivos y está caracterizado por un sensualismo brutal que respiran todas sus páginas (Manuel José Caycedo, Arzobispo de Medellín).

Gonzalo Arango

Cromos N° 2.610. Bogotá, octubre 30 de 1967. pp. 58 - 63.

Fuente:

Reportajes, Vol. 2. Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, octubre de 1993, pp: 145 - 148.

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